Todo siglo tiene su revolución. Y la del siglo XXI se ha iniciado a comienzos, lo que no indica que sea la única ni la última; de hecho, el siglo XX tuvo conflictos y crisis serias, entre ellos las dos guerras mundiales, o las posteriores producidas en el seno del corazón de Europa, en los Balcanes, que configuraron nuevos mapas y naciones, las apariciones de nacionalismos, la desaparición de los bloques, o la consolidación del Estado de Bienestar. Europa supuso un fuerte motor para el avance del progreso social y económico del mundo.

Las nuevas revoluciones se están produciendo fuera de nuestras fronteras europeas. Nosotros aún estamos sumidos en una crisis económica de la que no sabemos cómo salir, que tendrá consecuencias en los derechos sociales, y que pone en jaque el poder democrático de la Política.

Dos nuevos bloques ciudadanos constituyen la atención y el foco mundial: el pueblo árabe y China.

Los ciudadanos árabes están desarrollando su revolución en busca de libertad y justicia, poniendo en jaque el orden internacional. Han iniciado sus revueltas en solitario, sin necesidad de la ayuda y los consejos de los países desarrollados, es más, están organizándose y manifestándose frente al estupor y la incredulidad europea. El mundo árabe ha iniciado un camino que no tiene vuelta atrás, arrollando dictadores, exigiendo democracia, y, en algún caso, como Libia, con el temor de que se inicie una guerra civil.

Por su parte China es la revolución callada y discreta. Comenzaron con mucho trabajo y sacrificio hasta alcanzar en estos momentos de crisis un extraordinario despegue económico que les hace capaces de echarle una mano a Europa.

Se han convertido en el mercado productor y consumidor, a un mismo tiempo, más potente del mundo. No sólo por su número de habitantes sino también por la capacidad económica de la que ahora mismo disponen. Son el primer cliente de nuestras tiendas de lujo.

Y, en esta semana que celebramos el Día Internacional de la Mujer, las mujeres de estos dos pueblos representan también conceptos distintos a los que no estamos habituados las mujeres europeas. Las mujeres árabes también están en la calle haciendo la revolución de su pueblo, pero tapadas y ocultas muchas de ellas con sus velos largos y oscuros; la libertad del pueblo árabe también debe pasar por dotar de voz a sus mujeres para que puedan conquistar sus propios derechos. No tienen un camino fácil por delante. La clarividente y avanzada Clara Campoamor luchó con convicción y ahínco por el voto de las mujeres, aunque la Historia española dio muchos pasos atrás hasta llegar al momento actual.

Las mujeres chinas representan ya una nueva cara de su país. Están presentes en todos los negocios, han sabido habituarse a los países europeos donde se han instalado, han aprendido el idioma local, han cambiado sus nombres para hacerlos más fáciles a nuestra fonética. Exportan la imagen de modernidad de un gigante Chino que se resiste “con uñas y dientes” a que su despegue económico debe ir acompañado de derechos democráticos. Estoy convencida que las mujeres chinas comenzarán a rebelarse contra la separación familiar, la falta de tiempo libre, las necesidades culturales, y los derechos políticos y sociales.

El siglo XXI ha empezado fuerte. Con sorpresas, crisis, cambios, convulsiones. La Historia no termina nunca de escribirse.