Merkel debe pedir ayuda

Esta semana han comparecido Merkel y Hollande, Alemania y Francia, las dos potencias históricamente confrontadas de la Unión Europea, para cerrar el paso a las voces xenófobas que claman contra la llegada de los refugiados sirios.

Una acción política loable y que corresponde al espíritu con el que se inició el proyecto europeo.

Pero, la salida de ambos equivale también a demostrar que estamos con el agua al cuello, que Siria es uno de los problemas más urgentes y dramáticos que tiene Europa encima de la mesa, que no ha estado preparada ante la llegada de los refugiados, ni mucho menos, ante la oleada de simpatía de gran parte de la ciudadanía, que sí ha reaccionado de forma positiva, frente a Gobiernos o políticos que, una vez más, sólo han sabido dar una respuesta xenófoba al drama humano. “Lo primero es garantizar la vida de los que huyen”. Así es, y como dice Enma Bonino, con su discurso directo, hay que combatir el populismo, la xenofobia y el racismo.

Pero Europa no sabe ir más allá. Porque no sabe qué hacer con el conflicto sirio, ni cómo actuar frente a una guerra que está desangrando al país, ni qué posición estratégica tomar ante EEUU y Rusia.

La reacción de Merkel y Hollande se produce cuando la bola de nieve se ha hecho tan gorda que está estallando en las fronteras europeas, cuando la propia Merkel tiene la mirada acusatoria en su parlamento alemán. Pero queda en el olvido el drama del cementerio mediterráneo, de las vallas de Melilla y Ceuta, del hambre y la pobreza, de cómo se desangra África, a la que seguimos dando un trato de delincuencia y no de humanidad.

Europa está incubando el mal de la xenofobia, el racismo y el populismo desde hace tiempo. No surge por el drama sirio, sino que la bacteria se ha estado inoculando ante nuestros ojos.

La crisis del euro ha hecho que media Europa, la del Norte, tenga una mala reputación de la otra media Europa, la del Sur. El trato que se ha dado a portugueses, españoles y, sobre todo, griegos, considerándolos unos perdedores, estafadores y vividores, que han malutilizado el dinero europeo ha calado en una Europa cada vez más fragmentada.

Dice, con acierto, José Ignacio Torreblanca, que Europa está ante la hora más difícil, pues se encuentra “expuesta a un muy peligroso entrecruzamiento de tres crisis que hasta ahora corrían en paralelo: la crisis de gobernanza del euro, con su clímax griego; la crisis de asilo y refugio, que amenaza con hacer saltar por los aires la libre circulación de personas; y la crisis en nuestra vecindad, que desde Ucrania a Libia pasando por Siria pone al desnudo la debilidad de la política exterior europea”. Efectivamente, sólo que las tormentas no se producen sin causas, y hace mucho tiempo que la ceguera europea o el mirar hacia otro lado han creado las condiciones para la tormenta perfecta.

Y si la credibilidad de Alemania, y Europa en el exterior, están en entredicho desde la crisis del 2008, ha venido la compañía alemana Volkswagen a ahondar más la autoestima europea.

“Los alemanes también engañan”, podría ser el título del culebrón de esta compañía. Hemos descubierto que el milagro alemán también es tramposo, que la mano dura e inflexible de la puritana Merkel también está sucia, que la estafa ha estado en el corazón europeo desde el Norte al Sur. No es consuelo de corruptos ver cómo los vecinos también mienten, pero nos hunde más en la desesperanza.

De momento, y antes de que se tomen medidas serias contra los directivos implicados (¿despidos, responsabilidades económicas, judiciales, …?), se pone en marcha un ajuste de duras consecuencias, tal y como se avisa a los trabajadores. Se utiliza de nuevo la máxima más injusta de la sociedad democrática occidental: “privatizar beneficios y socializar pérdidas”. Los primeros que se ajustarán el cinturón serán los trabajadores, y no sólo los alemanes, sino que las maltrechas espaldas de la mano de obra del Sur de Europa se verán también golpeadas.

Lo segundo, ha sido la respuesta de manual de Ángela Merkel: “¡silencio!”, porque la crítica y la denuncia perjudica la imagen exterior de Alemania. Hay que matar al mensajero, en vez de encerrar a los responsables.

La tormenta perfecta está adquiriendo dimensiones preocupantes y, desde el 2008, Europa está en caída libre.

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