Cómo hemos llegado a la situación de aparente divorcio entre España y Catalunya es algo complejo, pero también está lleno de innumerables errores políticos, como, por ejemplo, no haber permitido hace mucho que los catalanes se manifestaran abierta y democráticamente en las urnas. Porque cada día que pasa las relaciones, no entre naciones ni entre pueblos, sino entre personajes políticos están más enquistadas, con una tensión cada vez mayor que se irá incrementando de aquí al 27 de septiembre.

Y, aunque mucha de la impostura corresponda a cálculos electorales que realizan Rajoy o Artur Mas, la realidad es que después será más complicado reparar heridas, restablecer esperanzas frustradas, devolver la calma a un conflicto que no debería haber llegado a este extremo. Y no sólo entre España y Catalunya, sino también dentro del propio territorio catalán, que se está viendo obligando a tomar partido.

Dentro del debate sobre si debe haber independencia o no, se solapan otras situaciones de igual envergadura que hay que resolver: la situación social de Catalunya y España con una creciente desigualdad; la financiación de las Comunidades Autónomas, que genera muchas confrontaciones no sólo en Catalunya, sino también en el resto de autonomías; la corrupción, que anida en círculos de poder y que, en el caso de la familia Pujol, ha supuesto un “mazazo” que arrastra a uno de los personajes políticos más influyentes de la transición española; el marco constitucional y una España federal; la desaparición de partidos políticos y la aparición de nuevas plataformas sociales con vocación política; el divorcio de Convergencia y Unió, como problemas principales.

Las tensiones entre España y Catalunya no son nuevas, pero eso no quiere decir que no se haya fracasado al intentar solucionarlas.

De la forma que no se solucionarán nunca es creando un ambiente de odio, rencor y desconfianza entre unos y otros. Y a eso juegan tanto los que buscan independencia como los nacionalistas españoles que reivindican la unidad frente a cualquier cosa.

Escribe Suso de Toro, haciendo gala y orgullo de ser gallego, cómo en Galicia se están haciendo cálculos intencionados de lo que perdería Galicia si Catalunya se independizara, pero nunca se dijo cuánto aportaba y cuánto obtenía el resto de España por el crecimiento catalán. Puedo decir lo mismo en mi Comunidad Valenciana: los años de Gobierno del PP han sido años de permanente confrontación interesada, la manera de obtener votos “valencianistas” era a costa de insultar a los catalanes.

Igual ocurre ahora con Grecia para justificar o no los rescates. Se crean tópicos y caricaturas de su población al tiempo que se sesgan las informaciones. ¿Conocen exactamente los catalanes las consecuencias de su voto en uno y otro sentido? ¿Conocen los españoles qué sucede de verdad en este conflicto?

Una vez más, la racionalidad política (información y datos objetivos para disponer de una opinión crítica y formada) queda relegada por la emotividad, el sentimentalismo, las posiciones enfrentadas y los cálculos electorales. Porque realmente ni Rajoy ni Mas cambiarían su política económica ni social, ni en España ni en Catalunya, sino que se disputan “tronos”.

Por ello, ambos necesitan que primero se realicen las elecciones autonómicas que ellos reclaman como plebiscitarias, para seguir con la confrontación activada y así movilizar votos en uno y otro sentido, y después las generales, en las que se pretenden resolver simplemente cuestiones económicas, como si esta crisis fuera sólo una cuestión de 2+2.

Si primero se celebraran las generales, quizás tendríamos mucho resultado del referéndum que reclaman ya definido, porque hay muchos catalanes que lo que quieren es decir NO a este Gobierno nacional y a su forma de gobernar, y no por ello, se plantean la independencia.

Decir no a la independencia no es decir Sí a Rajoy, igual que decir sí a la independencia no significa apoyar las políticas de Artur Mas. ¿Cómo resolver el conflicto?