Reflexiones sobre violencia de género

Desgraciadamente, la violencia de género sigue siendo una lacra que pervive en todas las sociedades, pero, afortunadamente, hoy podemos señalarla con el dedo, avergonzarnos de ella, indignarnos, denunciar, y aplicar leyes contra los maltratadores y asesinos. Ya no hay impunidad. Pero para llegar ahí, ha debido producirse un cambio cultural de valores entre nosotros/as.

Nada de lo que a las mujeres nos ha acontecido ha sido debido al azar; nada ha sido un hecho biológico; nada ha sido producido por destino divino. Estamos ante un proceso cultural. Incluso los sentimientos que nos parecen más espontáneos son fruto y resultado de una larga historia de educación, cultura y tradición.

Pero este producto cultural no es algo fácil de desentrañar: se mezclan e intervienen deseos, prejuicios, creencias, miedos. La educación, la religión, la tradición, han sido instrumentos a través de los cuales se ha ido propagando en la historia, de generación en generación, el estereotipo de la mujer. Por eso ha sido, y aún es todavía, tan difícil combatir la imagen que se tiene de la mujer. Porque para combatir esa imagen había que ir contracorriente; hubo que enfrentarse a lo “culturalmente correcto”; hubo que formar espíritus críticos con capacidad de análisis, de reflexión y de autonomía. Y, en muchas ocasiones, las mujeres que, a título individual, se oponían a la normalidad y a lo socialmente aceptado se convirtieron en heroínas. (Hoy hemos de dar las gracias a las mujeres que, desde cualquier manifestación del feminismo, defendieron la igualdad y los derechos. Porque no fue fácil.

Hoy, las mujeres occidentales ya sabemos que no queremos ser heroínas, sino compartir simplemente la mitad del mundo que nos corresponde. Pero llegar hasta aquí ha sido un camino largo, duro, difícil e ingrato (en muchas ocasiones). Y aún queda mucho más. Porque ahora ya no sólo somos nosotras: las que podemos hablar, escribir, estudiar, pensar, trabajar y decidir. Ahora son todas las que no pueden hacerlo y ni siquiera aún sueñan con ello: los millones de mujeres de otros países y continentes, religiones y culturas, que están a años luz de imaginar que, en sí mismas y por sí mismas, son valiosas. (Mujer en Arabia Saudí. Ella es la condenada y no la víctima).

Pero, comencemos por el principio. Vamos a ver, en un breve repaso por la filosofía, la historia y la religión, como se ha ido formando la imagen de la mujer. Una imagen que va unida a la debilidad, la pasividad, la incultura, el sentimentalismo, la incapacidad de razonar, y, por otra parte, como cara opuesta de estos adjetivos, se ha desarrollado otra serie de calificativos para aquellas mujeres que se salían de la norma: perversas, desalmadas y peligrosas.

¿Cómo comenzó nuestra mala reputación? (Encontraremos una buena fuente de estudio en los libros del filósofo José Antonio Marina y en las conversaciones mantenidas con la periodista Nativel Preciado, de donde he extraído los siguientes ejemplos).

Todos hemos leído y estudiado a Aristóteles pero quizás no nos hemos fijado que, en sus tratados de fisiología, definía a la mujer “como un ser biológicamente defectuosa”. Los cuerpos femeninos son pequeños y débiles, que producen un residuo que se llama menstruación. Esto las hace inacabadas, imperfectas y, sobre todo, como hembras: un elemento pasivo. Estas consideraciones aristotélicas influyeron durante años y años en la medicina, que consideraban los órganos femeninos como “órganos masculinos invertidos”, y de ahí surge la idea de la inferioridad de la mujer. Una frase que se ha repetido hasta la saciedad en la medicina, la filosofía y la religión lo explica todo: “la mujer es lo inverso del hombre”.

Arnald de Villeneuve (1586) en sus tratados de medicina expone: “Con la ayuda de Dios me ocuparé de asuntos relacionados con las mujeres, y puesto que las mujeres son la mayor parte de las veces animales viciosos, habré de considerar en su momento la mordedura de los animales venenosos”. Ideas que explican esas frases hechas que se transmiten a lo largo de la historia como “la lengua viperina” de las mujeres.

Da casi igual lo que filosóficamente repasemos porque encontraremos ejemplos en todas las culturas.

Ahí está Confucio que decía: “las mujeres y el pueblo inferior es lo más difícil de tratar; cuando uno se familiariza con ellas, se hacen descaradas, y cuando se las ignora se ofenden”. O bien, podemos ver a los griegos que consideraban a las mujeres como seres perversos, desalmados, frívolos, peligrosos, insoportables, … pero imprescindibles. Hay un famoso refrán que se remonta a Aristófanes: “no es posible vivir sin esas malditas mujeres, pero tampoco con ellas”. Son los griegos los que introducen el miedo a la mujer; en sus mitos, siempre aparecen como destructoras. Y esto llega a su punto más álgido con la persecución de la mujer como bruja. El “Malleus Maleficarum”, el libro que sirvió para perseguir a las brujas, representa a la mujer como un ser con un hermoso y atractivo aspecto externo, pero con el interior podrido y peligroso.

Una idea que se ha mantenido a lo largo de los siglos y que incluso ha propiciado debates en el feminismo moderno es la identificación de la mujer con la naturaleza, mientras que el varón ha representado la cultura.

Esta idea ha tenido siempre mucha fuerza. Oscar Wilde, Quevedo, Nietzsche, Molière o San Agustín, son algunos de los muchos ejemplos de hombres sabios que han sido implacables en sus críticas a la mujer.

Mi gran sorpresa y asombro llegó con la Filosofía Moderna. Cuando por fin aparecen pensadores en plena Ilustración, como Kant, capaces de reivindicar la autonomía del pensamiento del hombre, su racionalidad, la separación entre hombre e iglesia, llega también la decepción al ver que sus ideas modernas, sabias, inteligentes y avanzadísimas, no sirven para la mujer. Kant dice: “la virtud de la mujer es una virtud bella, la del sexo masculino debe ser noble. La mujer evita el mal no por injusto, sino por feo. Nada de deber, nada de necesidad, nada de obligación. A la mujer le es insoportable todo orden. Hace algo sólo porque le agrada y el arte consiste en hacer que le agrade aquello que es bueno”.

Y así podríamos seguir hasta nuestros días, recabando ideas, prejuicios, creencias, y miedos que nos han hecho ser lo que culturalmente somos y vivir en un mundo diferente al del hombre. Todavía recordamos con cercanía frases populares y dañinas que han justificado brutalidades como la violencia contra la mujer; por ejemplo, “la maté porque era mía”. (Chistes machistas que adornaban los programas de televisión de fin de año con chistes brutales: pégale a tu mujer). Ya no sonreímos.

Afortunadamente hemos andado mucho, o como bien dice Gloria Steinem, “hemos de desaprender lo aprendido”. Y ésa es la tarea más difícil: crear nuevos sentimientos, nuevas formas de pensar, nuevas creencias afectivas, y eliminar las tradiciones que nos impiden crear nuevos valores culturales. Eso no es una labor de un día, como ya hemos podido comprobar, y para ello, los principales instrumentos, en mi opinión, se encuentran en la educación y la política.

Con todas las dificultades que pueda describir, y que no son más que en otros ámbitos, yo sigo confiando en la política, y así lo reivindico, para cambiar las estructuras y potenciar el cambio cultural. Lo personal es político. No hay problemas colectivos y culturales, como el de la mujer, que no sean políticos.

La política hace leyes. Y las leyes dan el marco legal para que los cambios tengan validez.

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2 respuestas a Reflexiones sobre violencia de género

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