En las épocas de bonanza económica, todo resulta más digerible, todo el mundo es más simpático, y resulta más sencillo defender derechos y respetar a los más pobres. Pero las cosas cambian cuando hablamos de crisis. Parece que los problemas del bolsillo afectan también al corazón, a la razón, a los valores y, a lo más esencial, los derechos.

O esa impresión da cuando hablamos del problema de la inmigración.

Parece que Sarkozy ha puesto en un buen aprieto a la Unión Europea, echándole un pulso al conjunto de países miembros desde una posición descarada y provocadora.

Todos sabemos que una de las políticas más difíciles de llevar adelante en cualquier país es la política de la inmigración: cómo acoger a los que llegan de fuera, cómo darles derechos de ciudadanía, cómo permitir que trabajen sin que se resienta el empleo nacional, cómo favorecer una integración sin que choquen con los intereses de los locales, y cómo evitar que la pobreza de la inmigración en nuestras calles genere sentimientos de xenofobia y racismo, que a veces están a flor de piel. Ése es el reto. Sin ninguna duda, una tarea complejísima a realizar.

Hoy, Sarkozy ha demostrado que Europa está por construir. No existe ciudadanía europea. Ni derechos europeos. Ni gobierno europeo. Ni libertad de movimientos de las personas. Y es que, durante años, hemos querido vivir un espejismo.

Resulta fácil crear la unión monetaria porque el dinero llama al dinero, porque hay intereses económicos, porque la circulación de la moneda es una transacción puramente fría y calculadora. No ocurre así con las personas. ¡Qué demonios! Las personas tienen hambre, frío, necesitan trabajar, educación, tienen hijos, lloran y sufren, llenan las calles, y si son pobres generan problemas y el sentimiento de aporofobia (miedo a la pobreza), como bien definió la profesora Adela Cortina.

Se quiso construir Europa rápidamente, a la misma velocidad que unificamos la moneda, pensando que a las personas se les podía tratar de la misma forma. Y se nos olvidó que la Europa social requiere valores, no precios. Requiere derechos, justicia, solidaridad, sacrificio, comprensión, tolerancia. Requiere una política común entre todos los países.

Se hizo un vertiginoso crecimiento de Europa porque interesaba a las naciones más potentes reforzar sus mercados internos, disponer de mano de obra más barata, y crear una fuerza económica. Pero no todos los países disponían de las mismas condiciones de dignidad y derechos.

Francia tiene un problema social con la inmigración. Y Sarkozy tiene un problema en las encuestas. La mejor manera de ascender en los resultados electorales y recuperar el carisma perdido por la crisis económica es volver al chauvinismo, envolverse con la bandera nacional (algo que la derecha siempre sabe hacer con hipocresía y sin escrúpulos), arrogarse en nombre propio el nombre del país, y expulsar pobres, inmigrantes, maleantes, y demás personajes que, al fin y al cabo, “forman un mismo grupo étnico” (según piensan muchos), porque es la mejor manera de que los parados, desencantados y vapuleados por la crisis económica tengan un enemigo al que responsabilizar. Una política hipócrita y peligrosa que puede despertar graves heridas en una Europa que no ha forjado el concepto de ciudadanía.

Eso no quiere decir que no veamos el problema de la inmigración. Está, lo tenemos, existe en nuestros municipios, y si no sabemos cómo integrar respetando derechos de los locales y los extranjeros, surgirá como una cerilla encendida el odio y el recelo.

En época de bonanza, las grietas de las casas se pintan y se tapan. En épocas de crisis, las grietas se agrandan haciendo peligrar el edificio.

Europa está en crisis.