Ayer mismo, en una jornada de reflexión organizada por la UIMP de Valencia, una amiga comentó que “han ganado las izquierdas” y “no habrá dos oportunidades para formar gobiernos diferentes: o es ahora o en cuatro años volverá a ganar la derecha vestida como sea”. Y, en mi opinión, tiene toda la razón en ambas reflexiones.
En España, siempre hemos visto la división política entre una derecha compacta y unitaria frente a una izquierda plural y diversa. Este diferente comportamiento político y electoral corresponde a una visión distinta de la democracia: la derecha ha entendido siempre la democracia como una estrategia de juegos electorales, por ello, la primacía de un único partido que recogiera todas las particularidades, desde el centro derecha a la extrema derecha, aunque fuera a costa de anular el arco iris del pensamiento diverso, era una prioridad necesaria para ganar elecciones; por el contrario, la izquierda española siempre ha tenido partidos más flexibles y unos votantes más exigentes a la hora de ejercer su voto, donde no era tan importante ser cola de león como mantener la proximidad con las ideas o sentimientos políticos, aunque ello significara pertenecer a una organización minúscula. La democracia como estrategia frente a pluralismo.
Pero ahora estamos en una situación nueva y desconocida en España. Aunque previsible y deseable. Se veía venir que, si se ganaba a la derecha, sólo podía ser mediante la suma de votos de una izquierda plural y fragmentada. Como así ha sido.
Se han sustituido las mayorías absolutas por el pacto y la negociación; la imposición del ordeno y mando por el diálogo y el consenso; la voz unitaria por las voces plurales; en definitiva, el mando por la política. Porque la política es negociar, hablar, consensuar, y utilizar la diplomacia como un ejercicio práctico de gobierno.
Pero eso no es fácil y no estamos acostumbrados. Ése es el reto. Y si no se consigue, se generará la frustración del votante de izquierdas y no habrá otra oportunidad para corregir errores de falta de entendimiento.
El PP necesita desmontarse por completo, limpiar con desinfectante todas sus tuberías desde la central a cualquier municipio, dimitir toda una cúpula aznarista comenzando por el propio Rajoy (no sólo por la pérdida electoral sino por los sobres y la corrupción), y refundarse, si le da tiempo y no le coge la mano Ciudadanos. De momento, la crisis está instalada y se ven dos posiciones radicalmente diferentes: los barones regionales que ya han dimitido “en diferido” y los “tótems” de la derecha como Aguirre o Barberá que, patéticamente, se agarran a insultos, descalificaciones, movimientos desordenados, y propuestas de “gobierno de concentración” absolutamente descabelladas, no se sabe bien para qué.
Los partidos de la izquierda, viejos y nuevos o como quiera usted llamarlos, tienen la obligación de gobernar, no de realizar cálculos electorales de cara a las elecciones generales. Y tienen que hacerlo de otra manera, con otras palabras, con otro estilo, con una capacidad diferente: a imagen y semejanza de Manuel Carmena o de quien también tiene sus mismas peculiaridades Ángel Gabilondo.
No resulta sorprendente que sea alguien como Manuela quien puede dar ejemplo: una mujer feminista, comprometida, activa, sólida intelectualmente, sin pretensiones, sin ninguna necesidad de destacar ni de absorber poder porque ya lo ha hecho todo, es de esas personas que han ido y vuelto mientras los demás aún estamos tropezando, libre de ataduras, independiente de organizaciones, que sólo tiene dos compromisos: con la gente y con ella misma.
En mi Comunidad Valenciana, estamos hablando aún de los “quienes” ocuparán cada puesto, pero también hay que hablar del “qué” nos une. Y hay una primera prioridad que es indiscutible e innegociable: “Los valencianos, aún más pobres pese a la mejora de la economía. La renta media de los hogares continúa cayendo: uno de cuatro vive ya en el umbral de la pobreza”.
Han ganado las izquierdas pero también quiero que gobiernen las izquierdas. Nos lo deben a los millones de ciudadanos que hemos puesto nuestra indignación, nuestro compromiso y nuestra confianza