Parece que la Unión Europea, con Alemania a la cabeza, no está dispuesta a dar una oportunidad a Grecia, y piensa llevar a este país al precipicio. Pero lo que debe pensar la UE es cómo quedará esta Unión después de un choque de trenes. Porque, aunque Grecia trague y acepte las condiciones, no significa que la Ciudadanía, ni griega ni de otros países, se haya resignado.

Los principales argumentos que mueven a Alemania con sus países satélites alrededor son: Dinero, dinero, dinero, dinero, …. ¿y los griegos? ¿y los europeos? Ése es el problema ahora mismo. Que la Unión Europea no puede permitirse que la actitud de Grecia se contagie a otros países como España, Portugal, Italia, …

Es decir, además de la presión económica, está el miedo político de un viraje hacia posiciones de izquierda en los países del Sur de Europa. Por eso, no se pueden permitir ni un ápice de cesión que pueda dar señales de esperanza a otros ciudadanos europeos.

Podemos argumentar que a Alemania se le ayudó después de la I y II Guerra Mundial, se puede insistir en la ayuda económica prestada para la reunificación política, se puede llamar a la puerta tantas veces como se quiera, pero los oídos son sordos cuando no se quiere oír o cuando los intereses político-económico superan cualquier lógica. Y es que la lógica económica de Alemania y sus acólitos desbarró hace mucho.

Ya no hay nadie, nadie, ningún economista en su sano juicio, que siga defendiendo que la política de austericismo propuesta por Alemania ha dado buenos resultados a Europa. Nadie lo defiende ya, salvo Mariano Rajoy que lo vemos haciendo “el papelón” en Europa: amargo, insolidario, ultraconservador, y mentiroso. Menuda imagen patética para España y los españoles.

Pero ninguna voz autorizada defiende en estos momentos que la Economía aplicada nos ha llevado a buenos resultados: ni económicos (que aún estamos empantanados en la crisis) ni humanos (que vemos cómo se pierden vidas mientras la Unión Europea sigue contando dividendos e intereses de la deuda).

¿Ése es el proyecto de la Unión Europea?

Hoy, cuando todavía continúa la angustiosa negociación entre Grecia (como David) contra la Unión Europea (como Goliat), recogemos las palabras del presidente de Islandia, satisfecho de haber salido de la crisis, gracias a no haber aplicado las medidas propuestas por la Unión Europea. ¡Toma ya!

Islandia sufrió el colapso de la banca en 2008 perdiendo el 8% de su riqueza en dos años. Pero la economía del país cambió a partir del 2011, y hoy, ha dejado muy atrás el fantasma de la crisis. Muy educadamente, le recomienda a la UE que “saque sus propias conclusiones”, y reclama equilibrio “entre la democracia y los intereses económicos”. Justo lo que la UE no está haciendo, imponiendo unos intereses caducos e inservibles a un gobierno democráticamente elegido por un angustiado pueblo griego.

Pero claro, Islandia tomó algunas medidas, antes de renegociar su deuda: rechazó en un referéndum pagar por los errores de sus bancos, devaluó la moneda, y encarceló a sus banqueros.

Muy diferente a España que lo primero que hicimos fue rescatar a la banca con dinero público para que siga asfixiando a los que no pueden pagar su hipoteca, quitándoles la casa y obligándoles a pagar (algo que no entiende ni el libre mercado norteamericano, que se echa las manos a la cabeza con las truculentas maniobras bancarias españolas). Pero ante esa enorme injusticia, la UE enmudece.

Nadie dice que Islandia no lo haya pasado mal estos últimos años. Pues su situación fue alarmante al inicio de la crisis. Pero la conclusión es que hoy han salido de ella, tienen posibilidad de futuro, y no temen a la UE.

Europa está encallada por la cortedad de miras de unos políticos empeñados en no reconocer el error.

Alemania y sus socios han decidido humillar a países como Grecia hasta la extenuación, en una posición que roza ya el fascismo, sobre todo, cuando hace mucho que la razón les dejó de lado. Ahora se ha convertido en un pulso de fuerza, porque no pueden reconocer la enorme equivocación política que han cometido.

Pero no hay voces alternativas, con fuerza, que frenen a un grupo de burócratas que siguen viendo la realidad con la calculadora en mano.