El mes de agosto suele ser un mes de descanso, también en lo político, aunque a veces se han dado circunstancias excepcionales. Pero es cierto que los ciudadanos solemos “descansar”, e incluso a veces, “desconectar” (en cierto modo) de los acuciantes problemas diarios.
Todo ayuda a ello: el calor, el periodo de vacaciones (para quien tenga trabajo), los cambios en la programación televisiva o de radio, y las noticias de prensa que son, digamos, “más ligeras” y menos sesudas.
Pero los problemas siguen ahí, aletargados bajo el calor, esperando ser resueltos. Y cuando volvamos en septiembre nos encontraremos de nuevo con la crisis económica, la falta de empleo, el inicio de curso escolar y sus complicaciones con la nueva ley educativa, los recortes sanitarios y las consecuencias sobre los enfermos, los juicios sobre los múltiples casos de corrupción, Cataluña y el independentismo, y año electoral. Por lo que se iniciará la carrera contra reloj y con toda intensidad.
Y en septiembre, tendremos la impresión de que todo sigue igual y nada ha cambiado. Pero no es cierto. Aunque el día a día sea tan espeso que se impone a la memoria, es bueno hacer repaso y saber que este invierno-primavera ha sido intensísimo en acontecimientos políticos.
Tanto es así que tenemos nuevos interlocutores en el panorama político. La política está cambiando su rostro, nuevos personajes con nuevas formas y discursos diferentes. Lo hemos visto en los diversos debates de televisión y radio; personas como Alberto Garzón, Irene Lozano, Albert Rivera, o el polémico Pablo Iglesias están irrumpiendo con fuerza.
También el PSOE iniciará su etapa con un nuevo líder, una nueva ejecutiva, unos nuevos personajes. Pedro Sánchez supone un claro punto y aparte dentro del PSOE, puesto que con él se abre una etapa generacional claramente diferente que, hasta el momento, no había cuajado todavía y que puede ofrecer la necesaria estabilidad que el PSOE necesita.
En el otro extremo, nos encontramos con la convulsión política de “reinados” como el de CIU que ahora se ve inmerso en la catástrofe de la mentira de Jordi Puyol. Nada volverá a ser lo mismo en Catalunya, o no debería serlo.
Sólo el PP se resiste a los cambios, puesto que su agenda inmediata está atornillada por los procesos judiciales que suponen el desmantelamiento de la era Aznar y de todas las “luces” que el PP había proyectado sobre esa época de gobierno. Lo ocurrido con Jaume Matas (y todo lo que vendrá después) no significa solamente la entrada a prisión de un exministro, que ya en sí mismo es un hecho gravísimo, sino el cuestionamiento de una forma de hacer política y de los personajes que lo representaron (Aznar, Mayor Oreja, Zaplana, Acebes, Arenas, Camps ….. y Bárcenas).
Sobre todo, que la izquierda española esté moviéndose con cambios profundos es un síntoma de buena salud democrática, de recuperación de los lazos con la ciudadanía, de fortaleza política y, sobre todo, de esperanza en que los problemas puedan ser afrontados por otras personas con otros puntos de vista, menos vapuleados por años “de oficio”, y con las dosis necesarias de utopía e ingenuidad para creer todavía que “otro mundo es posible”.
Seguramente, las elecciones del 2015 serán imprevisibles en sus resultados. Y eso significa que la política está viva.