El hecho de que Rajoy haya mantenido su incógnita sobre el candidato a las elecciones europeas hasta el último momento ha generando más noticias mediáticas que si hubiera estuviera al frente.
La noticia diaria es que NO hay noticia. Y seguramente eso produce un placer insospechado en el propio Rajoy que se ve perseguido por las cámaras y la prensa, siguiendo el rastro de su habitual silencio. Yo misma he caído en las redes de hacer una reflexión ante tal comportamiento político. Total, para que el candidato propuesto sea aquel que se rumoreaba hacía meses.
Arrancando las hojas de la margarita, hay quienes se preguntaban si mantenía el silencio porque no sabía a quién escoger, o si quizás es porque se debatía entre una remodelación profunda de su gobierno o sencillamente nombrar un cabeza de lista, o porque es típico de su carácter dubitativo e indeciso, o porque actúa como los grandes Césares (aunque no lo sea) despectivo con sus súbditos a quienes mantiene en un gran suspiro porque los “dioses” no pueden ocuparse de la vida laboral y familiar de sus “pequeños mortales”.
Hay quienes opinan que es sencillamente “estrategia política”. Conseguir, por una parte, sacar de sus casillas a la oposición, fundamental al PSOE, que no tenía contrincante para la contienda electoral; además, no desgastar a un candidato al que nadie ponía nombre todavía por más especulaciones que haga, y que no necesita salir a defender un programa que probablemente será indefendible (supongo que ahora nos dirá algo más que la fecha de los yogures caducados); al mismo tiempo, y como hemos dicho antes, casi es más noticia perseguir al “Jefe” para que diga quién es que el propio susodicho en sí mismo (que no ha despertado gran interés mediático).
Sea lo que sea, lo realmente grave es que demuestra una verdadera falta de escrúpulo democrático. Su comportamiento sólo nos muestra que le da exactamente igual la campaña electoral europea, que no le importa explicar su línea y programa político, que no tiene ningún interés en cumplir con los mínimos requisitos de cortesía y formalidad democrática, de respeto al adversario y a las otras formaciones políticas, y de dotar a una campaña electoral (en este caso, las europeas) de la significación que deberían tener.
Su comportamiento es el peor ejemplo para la Ciudadanía, que ya han dejado de creer hace mucho en la nobleza y sinceridad de las actuaciones políticas, ahora están viendo como un acto oficial se ha convertido en una chirigota.
Y eso es lo peor. Más allá de lo que piense el Sr. Rajoy (si es que piensa algo, o sencillamente se deja llevar por su curiosa forma de medir los tiempos y que los problemas se resuelvan solos), la devaluación del proceso democrático está servida.
La política y sus reglas se han convertido en mera escenografía, en un teatro de títeres y marionetas, donde se dice al público lo que uno no se cree, donde lo valioso y virtuoso no es la sinceridad y la educación, sino conseguir engañar al respetable. Así lo estamos viendo. Por la trastienda, entre pasillos, con los dientes apretados, entre rumores, todos muestran la impaciencia y se quejan de que esto no está bien, pero en cuanto aparece un micrófono, hay que sacar pecho y demostrarle al “Jefe” que lo valeroso no está en amonestarle, sino en poner cara de póker delante de la ciudadanía.
Se premia la impostura, la falsedad, el papel aprendido y representado. Eso es lo que entiende Rajoy y el PP por la Política: una obra de teatro donde todos han de representar su papel, porque lo importante es lo que se ve no lo que es.
Una vez, en una charla en la Universidad que tuve con un cargo del PP valenciano, debatíamos sobre la importancia de la imagen en la política. Y manteníamos opiniones divergentes. Lógicamente, la imagen es importante, ¡cómo no!, cuando vivimos en una sociedad mediática, donde la reflexión, la lectura, la crítica, el análisis, no consigue calar más allá de un titular. Pero su opinión iba más lejos. Él defendía con convicción (¡¡y sin rubor!!) que la Política era un juego de espejos donde uno debía mostrarse no como es, sino como espera que los otros le recompensen.
De lo que no se ha dado cuenta el PP es que la Ciudadanía ya no se queda con la imagen que los gabinetes de marketing pretenden transmitir. Hace tiempo, desde que estalló la crisis, que a muchos se les ha reconvertido el papel protagonista en una mascarada, y que los espejos reflejados parecen más los de aquel laberinto de las ferias que nos deformaban nuestros cuerpos y apariencias mostrando lo más grotesco y bufón de nosotros mismos.
¡Si Aristóteles levantara la cabeza, seguramente rompería los espejos!