Permitan que el artículo de esta semana tenga una reflexión diferente a la habitual.

Este es un año de conmemoraciones que no deberían pasar inadvertidos. Hace 75 años que falleció Antonio Machado. He tenido el gran honor de prologar una antología que se ha elaborado en el municipio de Rocafort (Valencia), donde Machado vivió año y medio hasta su exilio a Collioure.

Machado ha sido mucho más que un gran poeta, puesto que tanto su figura como su obra han trascendido los círculos literarios y poéticos. Ha conseguido abarcar generaciones, ser respetado y compartido tanto por nuestros abuelos como por nuestros hijos. Ha tenido una importancia esencial para una generación de españoles que defendió la Democracia y los Derechos, a golpe de poemas, cantando sonetos musicados y recitando versos que aprendimos con el corazón.

Fue un pensador reflexivo y crítico que utilizó, entre otros géneros, la poesía para dejarnos su legado. Sabía por qué escribía, cuáles eran las razones de cada uno de sus poemas, y dio sentido a dos conceptos que hoy navegan en la nebulosa: el humanismo y el universalismo.

Seguro que hoy encontraría el verso exacto, conciso, preciso, descriptivo para denunciar algunos de los problemas que nos acucian: esa injusta y absurda crisis económica que nos está deshumanizando; la pringosa corrupción que, como una carcoma, corroe los cimientos de nuestra representatividad democrática; un poema de color para esos seres humanos que cruzan mares o saltan vallas; o a la minoría de edad a la que quieren devolver a las mujeres por un burdo retroceso cultural.

Es cierto que España no es la misma que dejó Machado en el año 39. Hemos cambiado, progresado, avanzado, pero también hemos sufrido mucho, y todavía quedan heridas abiertas que nunca hemos sabido cicatrizar, dejando a la mitad de España buscando todavía un lugar donde llorar a sus muertos. Nuestros problemas tienen sus raíces en un régimen dictatorial que truncó el progreso y las esperanzas de este país; como escribió el poeta: “ni el pasado ha muerto ni está el mañana ni el ayer escrito”.

Realizar este tipo de homenajes tiene un gran valor: las personas necesitamos conocer nuestro relato histórico y social para sentirnos identificados y comprendidos. Necesitamos saber, hoy más que nunca, de dónde venimos, cuál es nuestra memoria colectiva.

Antonio Machado llegó a Rocafort, como él mismo dijo, “viejo y enfermo (…). Ya paso de los sesenta que es mucho para un español”, y con la tristeza infinita de haber perdido hacía unos meses (agosto de 1936) a uno de sus mejores amigos, Federico García Lorca. La misma irracionalidad que asesinó a García Lorca exilió a Machado a la resistencia en defensa de la II República, mientras España entraba en una deriva política y social como antesala de la Dictadura franquista. Por eso, la época de Machado en Rocafort es la época del compromiso político y social, de la reflexión más honda y angustiosa, de una voz que clama potente contra las injusticias, de una poesía que deja constancia escrita de la realidad que los ojos de Antonio veían y del sufrimiento del pueblo español. “Estoy al lado de la España joven y sana (..) por eso, el mejor consejo que pueda darse a un joven es que lo sea realmente”, porque Machado sabía que el futuro de España dependería de la valentía, la coherencia, los principios, la honestidad y la rebeldía de quienes mantenían limpio y joven su compromiso.

Esta conmemoración se une a otro aniversario que me pone la piel de gallina: el centenario de la I Guerra Mundial.

Mucho sufrió Europa en la primera mitad del siglo pasado. Y, cuando parecía que había encontrado su camino, sus valores de progreso y bienestar, después de tanta sangre y horror, hoy actúa absolutamente confusa, como si pretendiera arrojar al vacío las señas de identidad de una Europa culta.

Quizás, recordar nuestra historia pasada, releer los pensamientos y los versos de quienes nos precedieron sea una buena medicina ante el escepticismo y la incredulidad.

Las próximas elecciones europeas marcarán la ruta europea. Y no parece que nuestros mandatarios tengan tiempo para, entre cuentas y cuentas de la macroeconomía, leer los versos de Machado.