Cada vez más, las convenciones políticas de los partidos tienen una doble finalidad: una, claramente mediática, para exhibir fuerza y “músculo” como se suele decir, de cara a los ciudadanos y así demostrar el poderío de un partido; en segundo lugar, a nivel interno, para dar ánimo a la militancia y repartir consignas.
Pero las cosas no son tan fáciles desde que la ciudadanía exige mayor compromiso, transparencia y democracia a los propios partidos. Eso obliga a que las convenciones no sean sólo una figuración para abrir informativos, sino que deben adecuar mensajes a las necesidades de los ciudadanos. Así ocurrió con el PSOE, que a raíz de su conferencia política hubo de remover planteamientos tanto internos (como el caso de las primarias abiertas) como externos (laicidad y reforma laboral, entre otros).
El PP, paradójicamente, lo tiene difícil. Normalmente un partido en el gobierno tiene la capacidad y los medios para exhibir “músculo” y fortaleza. Pero no es el caso. El PP anda en sus momentos más bajos de credibilidad.
Si pretende mediáticamente lanzar el mensaje maniqueo de “España va bien”, “Hemos salido de la crisis”, y “Que buenos somos el gobierno del PP”, la ciudadanía no sólo se verá desolada una vez más (aunque creo que nadie espera nada de la convención del PP ni de sus promesas), sino que probablemente despierte indignación. Pues las cosas no van nada bien.
Así que sería más sincero abordar realmente la situación de España y sus ciudadanos, ver qué cosas se han hecho mal, modificar el camino que sólo conduce a más desgarro y desigualdad social, y analizar seriamente qué piden los ciudadanos y por qué. Movimientos ciudadanos como el que representa Ada Colau, los vecinos de Gamonal, y la Marea Blanca han mantenido pulsos contra el gobierno que están ganando, no sólo en resultados, sino sobre todo, en el aprecio y respaldo de la mayoría social. Pero eso no va a ocurrir, porque esta convención no se ha hecho con la intención de corregir el camino y reconocer equivocaciones, sino exhibir el poderío mediático suficiente para trasladar el mensaje de “aquí mando yo”.
En segundo lugar, tampoco parece que esta convención vaya a ser un buen bálsamo interno. Andan revueltas las aguas en el PP. Pero no es de ahora, no es tan sólo un problema de liderazgo y de opiniones diferentes (que de eso también hay), sino que, más tarde o temprano, la aluminosis de la corrupción y las irregularidades mellarían la estructura del PP.
Por una parte, detractores de Rajoy comienzan a alinearse, dentro y fuera del nuevo partido Vox, para expresar sus quejas. Por otra parte, numerosos militantes y simpatizantes del PP están desconcertados con las políticas económicas y sociales de su gobierno (desde la subida de impuestos a la ley del aborto). Y si fuera poco, cada día seguimos enterándonos de nuevas irregularidades que ni siquiera han cesado en la época de crisis actual (como el caso del marido de Cospedal o los líos de facturas del valenciano Alberto Fabra, quien anda como loco buscando al “topo”). Y Rajoy tendrá que decidir si saluda a personajes como Matas, Camps, Carlos Fabra y tantos y tantos imputados por lo que puso la mano en el fuego.
¿Qué consignas piensa repartir el líder del PP? Un hombre tan parco de palabras y con los líos internos de su partido le resultará misión imposible encontrar mensajes que guste a todos sus sectores: o será muy “blandito” y no gustará a la línea dura de su partido, o será “muy facha” con lo que asustará al sector centro y liberal.
Sólo tiene una salida que es la archiutilizada por el PP: buscar un enemigo común. Creo que Catalunya tiene todas las papeletas para llevarse los titulares de la Convención.