Esta semana vivimos una nueva huelga de estudiantes, a la que el jueves se han sumado todos los ámbitos educativos. Desde primaria a Universidad, desde la pública a la concertada, desde estudiantes a padres, no hay nadie que defienda en estos momentos la Ley Wert; ni siquiera la Iglesia dice defenderla, aunque esta posición tiene más de escenografía e hipocresía que de sinceridad.
El ministro peor valorado, el comunicador más agresivo, el sociólogo menos hábil, el político más bravucón, … Wert se ha convertido en un ejemplo de falta de diálogo y consenso junto a una nula capacidad negociadora, que evidencia además con una actitud bastante prepotente, en definitiva, todos los excesos que debe corregir la Educación.
Pero el problema ya no es tan sólo de formas ni siquiera de asignaturas (con lo grave que resultan las modificaciones curriculares propuestas), sino que es una cuestión de fondo: de preguntarse para qué queremos que sirva la Educación. En el momento de crisis social actual donde crece la desigualdad de forma imparable, la Educación, tal y como nos enseñaron, es la herramienta para corregir desigualdades, para crear cohesión social, y para ofrecer las oportunidades de crecimiento y desarrollo personal.
El problema es que con la Ley Wert hemos modificado el concepto y la finalidad de para qué sirve un sistema educativo. Y, como las decisiones y acciones políticas no son neutras ni amorales, sino que generan unas consecuencias, hoy más que nunca necesitamos una brújula que nos devuelva el significado real a conceptos intangibles pero valiosos como la Igualdad de Oportunidades y la Autonomía Personal.
Quien mejor podría hablarnos hoy de la Educación Pública es Luis Gómez Llorente. Una persona íntegra y modesta, socialista convencido y comprometido, coherente y honesto, educado y respetuoso, un gran intelectual al mismo tiempo que un sindicalista trabajador, un defensor de la equidad y la libertad. Y, sobre todo, un defensor del sistema de educación público, laico y de calidad para combatir las desigualdades injustas de la sociedad, como él nos recordaría, un sistema educativo que permita a cada persona llegar tan lejos como le permita su interés o su inteligencia, con independencia de donde haya nacido y de cuál sea su poder adquisitivo.
Como decía Luis, “el saber ha sido un instrumento de dominación”, por eso, el sistema de enseñanza, al servicio del poder dominante, se adecuaba sobre todo a la reproducción de las desigualdades. Ésa era la gran batalla socialista: “transformar la escuela en sistema de nivelación social, en impedir que el privilegio económico se perpetúe a través de la enseñanza”.
Luis Gómez Llorente, que falleció en octubre del 2012, contribuyó a uno de los consensos más importantes de la España democrática, que permitieron el asentamiento del actual régimen constitucional, y al único pacto escolar para un modelo de convivencia que hemos conseguido en España, así como su convicción en una educación laica que fomente los valores de la tolerancia y el respeto. Lamentablemente, el gobierno del PP, con el ministro Wert a la cabeza, están cumpliendo los peores pronósticos de Gómez Llorente: anular la educación cívica y de valores para imponer de nuevo la Religión como enseñanza ética.
Porque lo que está en juego con esta nueva reforma educativa es convertir a la Educación en un instrumento de dominación, en una herramienta reproductora del sistema de clases, en propagadora de los valores economicistas y excluyentes más neoliberales. En definitiva, como señalaría Max Weber, la Educación de Wert responde a la construcción cultural que necesita el actual modelo de economía financiera. ¿Al servicio de quién responde la Ley Wert? ¿A quién beneficia?
Recojo una reflexión de Luis sobre nuestra situación actual: “Hay quien afirma sin ambages ni veladuras que el modelo de vida europeo se ha hecho insostenible, lo que no se atreven a decir es a qué modelo de vida nos lleva la progresiva desregularización y el retorno a un cierto capitalismo salvaje generador de tantas desigualdades como para dar al traste con la convivencia cívica y la paz social”.