A veces parece que la historia se empeña en repetir capítulos pasados, pero nada vuelve a producirse bajo las mismas circunstancias.
Como tantos españoles de la generación de los sesenta, yo nací fuera de España. Hija de emigrantes que se fueron en busca de una oportunidad laboral; mis padres, al igual que los compatriotas de su generación, sufrieron un exilio económico difícil de reproducir: no hablaban el idioma del país de acogida (en este caso, Alemania), se fueron con contrato laboral, desempeñaron puestos de trabajo de mano de obra, pero volvieron.
Los españoles que emigraron en la dictadura de Franco lo hicieron por dos motivos: los exiliados políticos, que en su mayoría ya no regresaron a nuestro país, pues fueron larguísimos los años negros de Franco, y los exiliados económicos, que sí regresaban unos años después, pues nunca dejaron de ser una mano de obra barata y servicial, que no encontraron fácil acomodo en el país de acogida.
Quisimos borrar de nuestra memoria colectiva aquellos años, creer que no volvería a darse esa circunstancia. Sobre todo, porque España se convirtió durante los años de la Transición y la bonanza económica de la Democracia en un país receptor de inmigrantes. A nuestras costas llegaban “pateras” de indocumentados y “sin papeles” en busca de una oportunidad para sobrevivir, dispuestos a vivir en pésimas condiciones y a trabajar en lo que los españoles rechazaban (ésa fue la época en que éramos “nuevos ricos”); por aire, llegaban de Sudamérica, multitud de ciudadanos a trabajar en el boom de la construcción o a limpiar nuestras casas y cuidar a nuestros mayores, nuestros niños o nuestros enfermos. ¡Cuántas veces hemos sustituido la atención social por unas manos femeninas que venían de cruzar el charco a la vez que dejaban en sus países a sus propios hijos, sus propios padres y su propia familia!
Durante años, sentía la crueldad de quienes debían abandonar su tierra, su casa y su origen, de forma forzosa por la precariedad económica, y pasaban cuatro o cinco largos años sin poder ver ni tocar a sus hijos.
Tan seguros y prepotentes nos sentíamos que la inmigración terminó convirtiéndose en una incomodidad a la que queríamos poner freno. Recuerdo a la derecha española voceando indignada contra la entrada “ilegal” (decían siempre) de inmigrantes; con las exigencias de regularización, de control, de seguridad policial, de devolver a sus países en aviones “el excedente” no querido de personas “incómodas”, de los problemas de inseguridad de nuestras calles. Si tenemos un poco de memoria, no hace tanto (fueron las últimas elecciones municipales) que el alcalde de Badalona, jaleado por la Presidenta del PP en Catalunya Sánchez Camaño, hacían propaganda xenófoba, alimentando odios al “extranjero”.
Parecía que habíamos olvidado de dónde veníamos, quiénes éramos y el éxodo que habíamos sufrido durante una generación entera.
De repente, uno de nuestros principales problemas, según las encuestas (a veces socialmente manipuladas por el griterío político), como era la inmigración, dejó de serlo. Ha desaparecido de nuestras tierras. Ya no hay riqueza, ya no hay trabajo; ni siquiera hay mal trabajo para los españoles. Ahora ya no tenemos inmigrantes que nos hagan las faenas más sucias o más duras, que cobren menos y de forma irregular. Ahora somos los propios españoles los que sufrimos la explotación indigna de salarios bajos, trabajos mal pagados, sin condiciones laborales, y dispuestos a lo que sea por un mísero salario.
Los inmigrantes se fueron. Y los españoles también se van.
Ahora, ya no nos vamos de vacaciones al extranjero. Emigramos. La misma derecha que vociferaba en contra de los inmigrantes es la que está firmando contratos diplomáticos, de forma desesperada, con aquellos países a los que más de una vez ninguneamos, para que acojan a nuestros jóvenes, y que hoy hacen llamamientos a los españoles para que vayan allí a trabajar. Ya no es sólo la prepotente Alemania, una vez más, la que demanda a nuestra gente; los españoles emigran a cualquier país de la Unión Europea, pero también a Brasil, Argentina, Chile o Méjico, … y mucho más lejos, hasta Nueva Zelanda o Australia. Desde EEUU a China, pasando por los Emiratos Árabes, podemos encontrar jóvenes españoles trabajando en empresas. Y no sólo son los jóvenes los que se van, también los llamados emprendedores, las empresas de innovación o incluso las grandes constructoras. ¿Quién encuentra trabajo hoy en España?
Y la derecha, prepotente con el pobre y sumisa con el que manda, intenta convencernos de las “bondades” de la emigración española. ¡A nuestros jóvenes se los rifan en el extranjero!
Incapaz el PP de cambiar el modelo productivo, de apostar por la Ciencia y el Conocimiento, de abrir nuevos espacios de trabajo, de continuar por la modernidad en energías alternativas, de invertir en educación, de premiar a nuestros médicos y sanitarios, de ¡¡ innovar ¡! en época de crisis, recurre al método franquista: España vuelve a ser un país de emigrantes.
Pero con diferencias. Nuestros jóvenes están sobradamente preparados, hablan idiomas, saben viajar, no le tienen miedo al mundo de fuera, ya no son “aquellos pobres paletos” que representó Alfredo Landa en la magnífica película “Vente Alemania, Pepe”. Nuestros jóvenes razonan, critican, distinguen, eligen, y comparan; en esa comparación, España sale perdiendo.
Nuestros emigrantes de hoy volverán algún día, quizás, de vuelta a España, …. pero de vacaciones. Porque nuestro país se les ha quedado pequeño, porque nuestro gobierno ha optado por tirarse por el precipicio en lugar de abordar con valentía el problema de la crisis, porque “fuera” vivirán mucho mejor que aquí, y ellos prefieren trabajar en lo que saben que no seguir en un país cuyo futuro será, una vez más, “Bienvenido Mr. Marshall”.