La noticia ha conmocionado a todo el mundo: un joven policía valenciano acuchilla al ex director de la oficina de su Banco, porque le han estafado los ahorros familiares de toda una vida. Este joven policía, que ha sido víctima de una estafa sin precedentes, cruel, inhumana, y además, perpetrada por los poderes financieros, con la complacencia del poder económico y político, sufre también una depresión, y, fruto del daño que le están haciendo, acuchilla al trabajador en quien confiaba, porque se siente impotente, estafado, engañado, arruinado. Y, con ello, arruina también su trabajo y su vida. Por otra parte, el ex empleado de oficina no deja de ser una víctima más de un sistema borracho y ávido de poder. Ellos son las víctimas de un sistema, aparentemente democrático, en el que la Ciudadanía confío, porque así nos lo hicieron creer quienes tenían en sus manos el poder, el control, la manipulación y el descaro de hacerse ricos a costa de los demás.

¿Cuántas noches habrá pasado sin dormir este policía? ¿Cuántas angustias haciendo número para ver cuál era su futuro? ¿Cuántas preocupaciones le han desatado la depresión? ¿Cuántos tranquilizantes habrá tomado?

Al policía no le pueden devolver su dinero. ¿Por qué? A él lo han engañado. Y sus ahorros son calderilla para esa élite estafadora, con argucias legales y también con toda clase de corruptelas, capaces de burlar dinero público, a las buenas o a las malas, en pensiones de 80 millones de euros o en cuentas en Suiza obtenidas por comisiones irregulares.

La ilegalidad está en cada rincón de los círculos de poder; algunos lo han hecho “blanqueando” sus salarios y pensiones, con la letra pequeña que les permitía beneficios inconmensurables; otros lo han hecho con la corrupción bajo el brazo.

Lo cierto es que hay responsables. De todo este sistema viciado, perverso, indigno: ¡¡hay responsables!!

¿Cómo va a actuar la justicia contra los miembros de los consejos de administración de los Bancos? ¿Contra quienes ordenaron los productos tóxicos? ¿Contra quienes forzaron a cientos de empleados de banca a “colar” un producto dañino para sanear cuentas o seguir aumentando beneficios personales? ¿Cómo va a actuar la justicia contra quienes debían fiscalizar y no lo hicieron, o volvieron la cabeza para mirar hacia otro lado?

Y, por último, ¿cómo actuará la justicia contra este joven policía valenciano, que ante la desesperación, su otra salida era el suicidio (como ya han hecho otros ciudadanos?

Estamos ante una versión moderna de “Los Miserables”. Escuchaba a Juan José Millás, con toda la razón, analizar sorprendido cómo el poder político protege y esconde a los responsables de la estafa (porque están entre los suyos), mientras se compadece en la distancia, ajenos al sufrimiento real, pasando la mano (con cierto asco) por la espalda de las víctimas, pero sin tomar medidas reales para acabar con este drama. Sólo se proponen decretos, medidas, debates, para pasar el tiempo y jugar al despiste. Como si el policía y el ex empleado, al igual que sus familias, pudieran olvidar lo ocurrido.

Esto no se arregla con un lavado de cara. Y si resulta tan difícil encontrar soluciones rápidas, eficientes, creíbles, tanto por parte del poder político, bancario o judicial, es, sencillamente, porque el entramado salpica a todos. ¿Cuántos miembros de los distintos poderes o partidos han compartido mesa de restaurante? ¿Cuántos han reído, fumando un puro y con un buen vino, hablando de la riqueza falsa de un país que estaban esquilmando?

En definitiva, si tiramos de la manta, a cuántos salpicarían los “pequeños pecados” de haber mirado hacia otro lado en los años de bonanza, porque, al fin y al cabo, el que más y el que menos algo han recibido, poco honesto, de toda esta estafa.

Es evidente que no es lo mismo pensiones millonarias, sueldos escandalosos, viajes a costa del erario público, financiación ilegal, corrupción y cuentas en Suiza. Es evidente que no es lo mismo ser Rodrigo Rato, Miguel Blesa o José Luis Olivas (del que nos olvidamos muchas veces, pero ahí estuvo, repartiendo pasteles), que simples comparsas de este desaguisado.

La pregunta es si haber recibido alguna migaja es lo que produce este cacareo improductivo por parte de quienes hoy pueden hacer algo, que pesa más que una confesión a tiempo. Las migajas recibidas, los regalos, los talones, los sobresueldos, … es lo que, durante tanto tiempo, se ha entendido como la “lealtad al partido”.

¡Maldita lealtad de talonario que ha viciado el sistema!