Que el Presidente del Gobierno sea parco y ambiguo en palabras, responde a una forma de ser y a una táctica política. Por una parte, Rajoy nunca ha sido un gran orador, ni elocuente, ni explicativo, sino que sus discursos se han estructurado más bien sobre obviedades que sorprendían por la simpleza (que no sencillez) de su argumentación. No es un hombre de “palabras”, pero tampoco “de palabra”.

Es decir, la segunda acepción de esta parquedad responde a una táctica política. Rajoy no quiere pillarse los dedos con compromisos que no tiene en mente, ni tiene capacidad de cumplir. Por eso, nos mantiene a la espera de sus suspiros, gestos, o frases alambicadas para decir y no decir a un mismo tiempo. Como suele hacer, responde con latiguillos como: “no es mi voluntad…”, “no está en mi plan…”, “no somos partidarios…”, y un largo etcétera de voluntades que se inician con la negación para dar paso al incumplimiento justificado por una obligación externa: “no queda más remedio”, “las circunstancias nos obligan”, “no queríamos, pero hemos de hacerlo”.

Pero esta actitud personal y/o política es intolerable. En estas circunstancias de “emergencia nacional” en la que vivimos, con la escalada del paro imparable, con las preferentes y las estafas de los Bancos, con los desahucios y las protestas ciudadanas, con los recortes y el sufrimiento que provocan, con el aumento de la desigualdad y la pobreza, con la emigración obligada de nuestros hijos/as, con el desespero de los que tienen 50 años que nunca más volverán a trabajar en este país, con la imagen denostada de una España corrupta hasta la médula política, y con todas las alarmas de peligro encendidas por una economía que nos lleva a la ruina, el Presidente del Gobierno no puede permitirse ser parco en palabras ni escueto en sus comparecencias. ¡Tiene la obligación de explicar al minuto, con detalle, cada gesto, cada acción, cada ocurrencia de su gobierno!

Así pues, una semana más, llegamos a un Consejo de Ministros con el globo sonda provocado de una subida de impuestos que Rajoy desmiente entre dientes, para dejarse la puerta abierta a la subida cuando considere “conveniente”, es decir, probablemente, dentro de una semana más.

Con esta táctica política (no muy hábil y demasiado recurrente), han ido prometiendo hasta conseguir los votos en las unas, para des-prometer en cada una de sus acciones de gobierno. Pero nos encontramos ante dos vías diferentes, aunque no contradictorias, y seguramente complementarias. Una, o Rajoy miente (conscientemente que es lo que caracteriza a la mentira), sabiendo cuando prometió que no tenía ni voluntad ni capacidad de cumplir; o, dos, Rajoy no manda, y todas las decisiones que toma y que nos causan sufrimiento, recortes, indignación, pérdida de derechos, pobreza y exclusión, … son impuestas, convirtiéndose nuestro Presidente en una mera marioneta.

Como se puede ver, ambas vías son perfectamente complementarias. Más bien diría que encajan en el proyecto de Gobierno que Rajoy tenía en mente cuando ambicionaba el poder para… llegar a esta humillante situación como españoles y ciudadanos.

¿Subirá el PP los impuestos? Puede ser, es más que probable. ¿Recortarán los derechos de pensiones? No lo duda nadie. ¿Seguirán recortando en derechos básicos como educación, sanidad, investigación o dependencia? Claramente sí. ¿Será la cultura la hermana pobre de los presupuestos? Ya nadie se plantea que sea de otra manera. Y así una larga y sucesiva cola de agravios.

El problema de fondo, da igual que sea por la mentira de Rajoy o por su incapacidad para gobernar (o por ambas cosas a la vez), es que la Ciudadanía no sabe en qué manos está su futuro, no sabe quién gobierna de verdad, desconoce a quién dirigirse o a quién votar. La Democracia ha quedado escrita en un papel de fumar que además se ha llevado el viento.

Hace ya muchos meses que tenemos la impresión de que España es un barco a la deriva, y que su capitán no sabe de navegación. No le sirve el GPS ni las cartas de navegación, pues le marcan un rumbo (el de su programa electoral) al que no hace caso; sólo escucha la voz entrecortada de la radio que le da órdenes para pilotar en medio de la tempestad. A la incapacidad se suma la incomunicación, porque lo peor es que no sabemos dónde vamos ni quién dirige desde fuera. Mientras, en la bodega del barco, los ciudadanos seguimos remando, mareados y medio asfixiados, viendo como las olas cada vez son más gigantes, y con la posibilidad de naufragar cada vez más cerca, porque el agua entra a raudales por los agujeros de la nave.

Tal y como va la situación, podemos encontrarnos frente a dos situaciones peligrosas para la Democracia: que se ponga al frente de la nave alguien que realmente sabe lo que hace y a dónde vamos, prescindiendo así de un capitán que los ciudadanos elegimos aunque haya resultado un fiasco y una gran mentira, o, que haya un motín.

Difícil encrucijada.