Lo que está ocurriendo con el caso Bárcenas, y los tentáculos del Gürtel, es algo más que tres trajes, como nos hicieron creer en su momento cuando Francisco Camps estaba imputado. En primer lugar, creo que nadie duda de que no es tan solo un caso de corrupción de tres ó cuatro posibles sinvergüenzas (que sí lo son, y mucho) que se han aprovechado de la buena voluntad del PP para enriquecerse. Es verdad que se han enriquecido, pero ¡todos los tesoreros del PP!, y durante veinte años, lo que indica que la operación ha sido de calado, intensa, prolongada, para obtener muchísimo dinero de las arcas públicas.

En segundo lugar, resulta imposible creer que un secreto así no se hubiera ni tan siquiera sospechado. Como bien dicen los periodistas de ‘El Mundo’ (diario que ofrece la exclusiva), “era un secreto a voces”. Efectivamente, un secreto a voces, que no estaba compartido por miles de concejales o militantes del PP (porque los de a pié nunca saben lo que cuecen quienes tienen el poder), pero que era imposible que no lo supieran los dirigentes, y mucho más cuando existían sobres (como así alguno ha reconocido) con sobresueldos en negro.

En tercer lugar, porque el estallido de casos de corrupción en el PP en distintas autonomías tienen todos ellos el mismo estilo y la misma forma, véase Baleares o Comunidad Valenciana, Matas y Camps, con el despilfarro, los sobrecostes, la visita del Papa, Urdangarín, y un largo etcétera. Las relaciones han sido estrechas y la forma de esquilmar los fondos públicos ha seguido una misma fórmula. Por cierto, el epicentro de tal terremoto de corrupción se sitúa en el Gobierno de José María Aznar.

En cuarto lugar, nadie duda que estamos ante el mayor escándalo de financiación irregular de un partido político, junto con un grupo de impresentables dirigentes, donde el “todo para el partido” lo han colectivizado de forma “solidaria” para robar el dinero público a partes iguales: uno para el partido, uno para nosotros.

Dicho todo esto, la confianza democrática ya estaba bastante maltrecha para resistir este golpe. Y el PP sigue actuando al viejo estilo: con cinismo, con demagogia, con la cortina de humo. Supongo que así pretenderán salvarse, pero todo lo demás está roto y difícil de arreglar.

No vale de nada el código ético del partido, ni una auditoría encargada por el PP para que vea las cuentas (como si la caja B, los sobres o el dinero en negro tuviera una contabilidad transparente), no vale de nada una ley de transparencia en el parlamento, cuando los tentáculos están tan ramificados que resulta imposible cortarlos.

¿Se va a poder destapar todo para que veamos realmente cuánto nos han robado?, ¿ó se va a producir un cierre en falso porque la inmundicia llega hasta tan profundo y afecta a tantos ilustres personajes que resultaría imposible limpiar a fondo sin desmontar un partido?

El caso Bárcenas es un entramado que puede llevarse por delante dirigentes, presidentes autonómicos, diputados, tesoreros, miembros de entidades públicas. …. Y que responde a un modelo de entender y ejercer el poder que lo estamos viendo con la corrupción y la irregularidad de Bankia o la Cam, por citar otros dos escandalosos ejemplos.

Pero además, que se ha protegido, caldeado y cocido desde el estómago del partido político, quien es más proclive a proteger a los suyos, aunque sean ladrones, que defender la dignidad pública. Vivimos en un sistema donde se ejerce el “es uno de los nuestros” a toda costa.

¿Quién tiene la capacidad de desmontar un entramado así? ¿Cómo saldrá después de esto la democracia representativa? ¿Cuánto más nos queda por descubrir?

Vayamos por pasos. De momento, la justicia debe seguir investigando y llegar hasta el final. Los ciudadanos que estamos siendo despedidos, recortados, asfixiados, nos merecemos saber quiénes son responsables de este desastre. Luego, y sin perder tiempo pero sin prisa, deberemos desmontar la democracia representativa actual para volverla a construir. Ya no se trata de separar las manzanas podridas porque el cesto tiene moho y volverá a coger codicia, mentiras, engaños, irregularidades.

Es necesario reinventarlo todo para creer de nuevo: las leyes electorales, la organización interna de los partidos, la financiación, las adjudicaciones públicas, la relación privado-público, la representación parlamentaria, la fiscalización de cuentas y, sobre todo, la sanción inmediata a los corruptos para que sean apartados de la actividad pública.

La codicia humana, la sinvergonzonería, la falta de escrúpulos estarán siempre presentes en cualquier actividad humana, pero lo que hemos de procurar es que no fallen las herramientas públicas que impidan su ejercicio y su contagio.

Estamos viviendo una epidemia, y es necesario poner en cuarentena a todas las instituciones contagiadas. Habrá que establecer medidas curativas de choque, impensables hasta ahora, pero, igual que hicimos la Constitución Española para pasar de la dictadura a la paz, ahora necesitamos medidas excepcionales para pasar de un sistema corrupto a un sistema democrático.

Las medidas viejas y tradicionales no sirven. No son de fiar. ¿Cómo saldremos de esta?