No hay nada más injusto que las generalizaciones. Ni todos los políticos son incompetentes, insensibles y deshonestos como no todos los periodistas manipulan, o los funcionarios son vagos, o los trabajadores no quieren trabajar. En el Parlamento, hay muchos diputados concienciados de su labor, que dedican mucho esfuerzo y tiempo, que están comprometidos con lo que defienden, y que el 25-S sufrieron sintiéndose impotentes por no poder hacer más y mejor su trabajo.

Dicho esto, haciendo una encendida defensa de la Política y de la Democracia Representativa, hemos de acabar aquí las justificaciones y explicaciones para pasar al núcleo del problema: la insatisfacción y frustración de los ciudadanos. Las protestas no son contra individualidades (sólo contra algunos “individuos”) son contra la totalidad: ¡contra el sistema que no funciona, que no da respuestas, que está secuestrado por quienes no son garantes de la Democracia!

No tiene razón el PP cuando defiende que la única Democracia es lo que tenemos: el voto cada cuatro años. La Democracia puede desarrollarse más y mejor: referéndums para tomar medidas drásticas o explicaciones continuas que informen de la situación, pero lo que resulta provocador es que el Gobierno siga su agenda como si no pasara nada, cuando lo que pasa es muy grave.

En primer lugar, los jóvenes que protestan son nuestros hijos, los que hemos educado y formado para que se ganaran la vida mejor que nosotros, en quienes hemos puesto las expectativas, a los que les hemos enseñado lo que son derechos y democracia, son los que ahora no pueden comprar una vivienda en el país del boom inmobiliario ni encontrar trabajo después de estudiar años y años. Y los mandamos a Laponia!

En segundo lugar, estamos pagando los platos rotos de una crisis que la ciudadanía no ha generado, pero no se ve a ningún responsable corrupto ingresar en prisión (y mucho menos, los políticos que han metido la mano y siguen ostentando la inmunidad parlamentaria) ni tampoco se ve dimitir a quienes han gestionado pésimamente mal. A los trabajadores se les están haciendo ERES, despidos a 20 días con máximo de 1 año, tirándolos a la calle aún cuando han hecho bien su trabajo; en cambio, aquellos políticos despilfarradores, que han generado la burbuja porque esto era una fiesta, que han pagado sobresueldos o sobrecostes injustificados, cuando se ha dilapidado el dinero público de los impuestos en obras o eventos faraónicos inútiles e inservibles, ¡NADIE DIMITE! Ni nadie pide perdón ni nadie reconoce el error. Lo que es peor: siguen al frente de sus responsabilidades como si nada tuvieran que ver con lo ocurrido.

En tercer lugar, España, al igual que Portugal y Grecia, están agonizando. No por la crisis, sino por las medidas de solución que se están tomando para salir de la crisis. Medidas que están parando la economía, que limitan tanto el consumo, que resulta penoso ver las calles llenas de locales cerrados. ¿Acaso los políticos no pasean y ven cómo se cierran negocios cada semana, se tapian locales y se estampan carteles de “se vende o se traspasa” en los escaparates? Cada negocio que se cierra es la última oportunidad de trabajo de una familia que ha ido consumiendo el dinero ahorrado, el desempleo, y lo que le han prestado. Los ciudadanos pagan más impuestos, cobran menos, se les retiran las ayudas, y encima no tienen trabajo. ¿Cómo se saldrá así de la crisis?

En cuarto lugar, los políticos siguen tomando decisiones injustas y drásticas porque así lo manda Alemania, el Mercado, el Banco Europeo, la Bolsa, y …. Pero son incapaces de vislumbrar dónde está el final del túnel, porque no lo saben, aunque ocultan su ignorancia e incertidumbre detrás de un alejamiento de la sociedad, porque así se creen más potentes y menos vulnerables.

Es más que una anécdota o una situación temporal. Se está produciendo una involución social que nos deshumaniza. Para que existan beneficios económicos, para que las empresas funcionen y ganen, para ser competitivos, los ciudadanos deben olvidarse de tener un empleo estable y digno, unos derechos sociales, una cobertura de bienestar y una red pública que supla las desigualdades sociales o naturales. El cambio cultural es más profundo que hablar de recortes y recortes: a partir de ahora, trabajaremos para sobrevivir, nuestro objetivo vital es trabajar en lo que sea al precio que sea; habrá que aprender que ya no hay estabilidad laboral sobre la que proyectar futuro, porque no habrá más futuro que tener un trabajo al día siguiente.

¿Son éstas las reformas que queremos? ¿Es éste el mundo por el que hemos peleado?

Si se sigue negando la mayor: que esta situación social es insostenible para miles de familias y para el conjunto del país, que la Democracia no es un “ordeno y mando” trasferido por un voto cada cuatro años, que no pueden campar los responsables del desastre ocupando sus escaños o cobrando sus indemnizaciones, que las protestas son una cerilla para que prenda en una ciudadanía atemorizada pero harta, y que cuando el nivel de la penuria se sitúa en el límite de haber perdido la esperanza, cualquier cosa es posible. Y los responsables no serán los ciudadanos que protestan sino quienes se atrincheran en el Parlamento, otorgándose ser los verdaderos representantes.

No olvidemos que, como bien dice nuestra maltratada Constitución: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.