Hace exactamente un año, escribí en esta revista un artículo sobre “El futuro incierto de la Comunidad Valenciana”. Acababa de dimitir Francisco Camps, quien había sido alabado por Rajoy como ejemplo de “buena gestión”, y su sustituto, Alberto Fabra se enfrentaba a gestionar una herencia que el PP se empeñaba en presentar como “extraordinaria”. Llegó educada y discretamente para intentar “hablar en positivo de la Comunidad” y borrar así la mala imagen que se había externalizado a raíz de los procesos judiciales de su predecesor.

Hoy, nadie recuerda a Camps, ni siquiera se presenta a los actos de su partido, aunque sigue cobrando por un escaño en las Cortes Valencianas. Pero la herencia que ha dejado resulta, lamentablemente, difícil de borrar.

Hoy, la Comunidad Valenciana está intervenida: no se puede pagar a las farmacias, ni las subvenciones de ningún tipo, ni las deudas contraídas. Una situación escandalosa que ha dado la vuelta a España (y a toda Europa) con continuas manifestaciones y protestas; algunas se convirtieron en un hito como la protagonizada por los jóvenes estudiantes del IES Luis Vives, protestando por el frío en las aulas ante la falta de calefacción, y que fueron tratados “como el enemigo” por la Delegación del Gobierno (antigua consejera portavoz del gobierno Camps).

Hoy somos el hazmerreír y enfado europeo por un aeropuerto sin aviones o por el fiasco de la Ciudad de la Luz.

Hoy siguen apareciendo casos de corrupción vergonzantes como Emarsa o el caso de la cooperación, que se sustraía dinero de las ONG’s para la compra de pisos, aviones particulares, etc. En Valencia ya se conoce al “grupo de diputados imputados” como el tercer grupo político del Parlamento: ¡ni más ni menos que 11 diputados del PP están imputados!.

Hoy, la RTVV está en ERE. De más de 1300 trabajadores se prevé un ERE que afectará a 3 de cada cuatro, dejando la plantilla en menos de 400.

Hoy comparece Rodrigo Rato por la estafa de Bankia, el último desaguisado del sistema financiero valenciano, después de haberse despedazado Bancaja, de haberse destapado el engaño del Banco de Valencia, y de la vergüenza de la CAM.

Todo el falso esplendor se está cayendo a pedazos, mientras se descubre que no sólo había mala gestión, sino engaño, corrupción y clara intención de estafar.

Se libran los responsables políticos valencianos porque toda España vive en un permanente huracán, donde ya es imposible distinguir cuánta culpa tiene el mercado, cuánto la política austera de Merkel, cuánto la inoperancia de Rajoy, cuánto la mediocridad política o el engaño de los demagogos.

Pero se equivocarán quienes crean que las espaldas ciudadanas no están suficientemente castigadas y aún pueden soportar mayor presión. La cuerda puede romperse en cualquier momento, porque la hipocresía y la mentira son incompatibles con el sacrificio colectivo que se está pidiendo a unos ciudadanos que han sido los estafados en la época dorada de la falsa riqueza.