Algún medio de comunicación señala que Rajoy ha ganado los presupuestos exhibiendo “su fortaleza”, con cierta prepotencia de quien le da lo mismo lo que opinen los demás porque tiene los votos suficientes para imponer su criterio, trazando además “una línea divisoria” entre el Gobierno y el resto de los partidos de la oposición. Lo lamentable es que la “fortaleza” exhibida responde más bien a “sacar músculo en una pelea” que a responder a la confianza depositada por los ciudadanos. Lo doblemente lamentable es que la “línea divisoria” trazada no es solamente entre los partidos del Parlamento, sino con los españoles, cada vez más abrumados, pesimistas, asustados y desconfiados. Y lo triste es no haber entendido todavía que de esta situación no saldremos “a la vieja usanza”, con los jueguecitos políticos de siempre, “con el tú la llevas” y los reproches continuos, y mucho más cuando el recién estrenado Gobierno no tiene ni idea de cómo salvar al país.

Una “fortaleza” que no es capaz de exhibir con Merkel, quien cada vez está más claro que nos llevará al desastre con su miope visión de “Alemanizar Europa”. Una “fortaleza” que no es capaz de sumar a las voces, cada vez más numerosas, que proponen un cambio de rumbo para generar crecimiento. Una “fortaleza” que no es capaz de exhibir con Argentina. Una “fortaleza” que no es capaz de exhibir persiguiendo el fraude fiscal. Una “fortaleza” que no es capaz de imponer a sus propios compañeros, dirigentes de Autonomías, algunos de ellos responsables de haber traspasado todas las líneas rojas de la decencia política y personal, como el caso de la Comunidad Valenciana, y los continuos sobresaltos que aún no cesan, desde la corrupción al desmantelamiento de todo un sistema financiero-económico-productivo, véase la crisis que vive hoy Bankia (la vieja Bancaja) o la CAM: fracasos estrepitosos del PP valenciano. Una “fortaleza” tan consistente y sólida que la utiliza “cuantitativamente” para cambiar por decreto la televisión española, signo de la pluralidad informativa, de la objetividad y de la credibilidad (se lo debemos a Zapatero aunque nunca supo explicarlo con claridad a los ciudadanos – ¡cuántas cosas no explicó bien!- porque es incapaz de convencer con razones y por eso necesita crear una televisión a medida.

En cambio, sí ha demostrado su “fortaleza” imponiendo una brutal reforma laboral, los recortes al Estado de Bienestar más draconianos de la historia, una ley marcial que perseguirá a los manifestantes como si fueran terroristas (porque le asusta vivir un 15-M como le ocurrió al Gobierno socialista), una reforma judicial que dejará sin derecho a la justicia a muchos ciudadanos, las subidas de las tasas universitarias, y una reforma sanitaria que atenta contra el más básico sentimiento de solidaridad y compasión con las personas. Porque todos nos hemos convertido en sospechosos, en malévolos, en aprovechados, en vagos, en CULPABLES de la crisis que estamos viviendo. Los ojos de Rajoy no miran al pueblo español con compasión por las medidas severísimas que van a padecer, sino con un sentimiento retorcido, señalando con el dedo que España tiene lo que se merece.

Es “la fortaleza” del mediocre, del que no sabe hacer frente al poderoso, pero le resulta fácil imponerse contra sus súbditos. Y así no se forjan los líderes. Pero Rajoy nunca ha sido un líder, ni lo ha pretendido: es un claro superviviente, que sólo ha conseguido llegar al gobierno resistiendo, dejándose llevar por la corriente, y aprovechando los malos vientos, para conseguir el poder por el poder.

Ahora, Rajoy y el PP reprochan a la oposición “no estar a la altura” y “no ayudar a sacar al país de su peor crisis”. Reprochan lo que ellos mismos hace unos meses practicaban con desvergüenza descarada; se han invertido los papeles en el Parlamento. Como si de un teatro se tratara, cada uno ocupa el rol asignado, sin memorias, sin promesas realizadas anteriormente, sin debates apasionados donde se defendía lo contrario a lo que hoy se hace, sin compromisos; nunca pasa nada, porque los ciudadanos todo lo resisten, tienen las espaldas anchas y la memoria débil. Como decía Juan José Millás, el PP ya no puede contar la verdad, porque no saben dónde la perdieron ni qué forma tiene.

Y, aunque parece que no pasa nada, sí pasa. La situación va a peor: no sólo económicamente, sino en el deterioro de bienestar, social, cultural y moral de nuestras sociedades. Va peor porque estamos hipotecando nuestro futuro: las salidas formativas y laborales de nuestros jóvenes, la resistencia de la Democracia política, las ideas productivas que puedan emerger, el desarrollo de la investigación y la ciencia, …

Necesitamos líderes políticos, recuperar la honestidad y la credibilidad, devolver a la Democracia su valor cualitativo, …. y algo tan sencillo como no mentir. No todo está permitido en política ni todo se les puede permitir a los políticos. El hartazgo está hirviendo en la olla social y puede derramarse; de momento, sólo hay una tapa que lo frena: el miedo.

El miedo que tienen los españoles es la verdadera “fortaleza” que exhibe Rajoy para imponer sus medidas y su forma de gobernar. ¡Lamentable!