Hay películas clásicas que, no sólo no pasan de moda, sino que adquieren completa actualidad en situaciones críticas como la actual. No estaría de más que viéramos “Tiempos Modernos” de Charles Chaplin, que con su satírico humor, retrata una sociedad cada vez más deshumanizada y una clase trabajadora alienada y explotada, cuyo único objetivo en la vida para poder llegar a final de mes es: ¡¡trabajar!! Durante años, las conquistas de derechos ciudadanos y laborales en Europa iban encaminadas a transformar el concepto del Trabajo, para convertirse en una herramienta, en el instrumento de liberación, de autonomía personal y de dignidad social de los ciudadanos. Disponer de un trabajo ha permitido, por ejemplo, la independencia de las mujeres y la autogestión de sus decisiones o elevar el nivel de vida de nuestros países desarrollados basados en la formación, la educación y la innovación. Que el Trabajo sea considerado un instrumento de libertad personal ha significado: – Ordenar el tiempo personal, distribuyéndolo en laboral, personal y familiar. – Ha permitido aumentar la calidad en la atención a los hijos, a compartir tareas familiares, a disponer de mayor bienestar económico en las familias. – Ha abierto una nueva dimensión personal en el tiempo de ocio, dirigido a una mayor formación, a una atención del cuerpo y la salud mediante el deporte, a un descubrimiento del placer de disfrutar del arte y la cultura, … – Ha significado desarrollar la parte cívica de los individuos a través de su participación democrática en otras actividades. En definitiva, el Trabajo como instrumento humaniza una sociedad de por sí difícil, árida, incomunicada y con pocos espacios para el desarrollo colectivo. Además, la mejor formación y preparación de la que disponemos ha servido para canalizar nuestras aspiraciones, ambiciones y sueños a través del Trabajo, convirtiéndose, en muchos casos, en algo más que un salario a final de mes: en la autorrealización de quienes han tenido la suerte de trabajar en aquello que les gusta. Pues bien, ¡se acabó! El siglo XXI comienza con una contrarrevolución sin precedentes. La nueva reforma laboral que nos plantea Rajoy y el PP nos devuelve a concebir el trabajo como un fin. ¡Vivir para trabajar! Como bien señala Manuel de la Rocha, en su análisis realizado en el periódico El Plural, “ante todo la reforma pretende una generalizada devaluación salarial. El Gobierno, al no poder recurrir a la devaluación monetaria, opta por una mejora de la productividad del sistema sobre las espaldas de los trabajadores vía disminución de los costes laborales. Son muchas las medidas que con este objetivo se incluyen: la prioridad absoluta en materia salarial del convenio de empresa, cuya razón es simplemente la bajada generalizada de salarios; la facultad que se otorga al empresario para que unilateralmente reduzca los salarios, sean pactados colectivamente sea en contrato individual; la rebaja radical del coste del despido, de 45 días a 20 días, además de la rebaja en el tope máximo de 42 mensualidades a un año; la desaparición de los salarios de tramitación en la declaración judicial de improcedencia del despido; y la eliminación de la autorización administrativa en los EREs, que la exposición de motivos impúdicamente justifica, precisamente para que no se pacten indemnizaciones superiores a 20 días por año”. Todo ello implica un aumento de traspaso de rentas de los trabajadores a los empresarios sin negociación ni compensación alguna, además de debilitar la posición de los trabajadores, incrementado de forma desproporcionada el poder de los empresarios. La justificación es la crisis económica. Pero no es la causa ni tampoco la solución a los problemas. Tal y como dice el propio gobierno, esta reforma no creará empleo. Entonces, ¿por qué? Porque aprovechando que no hay empleo, que la economía y el consumo están estancados, que existen recortes en todos los sectores, que nos levantamos con miedo cada día esperando que suceda algo peor, se aprovecha la coyuntura psicológica para dar un zarpazo a los derechos laborales. Convertir el trabajo en un fin, en la única razón de nuestra existencia, en lo que permita que perdamos la dignidad, “que trabajemos como chinos y en las condiciones de los chinos o los indios”, es decir, en condiciones deplorables, donde uno puede ser desplazado en cualquier momento y a cualquier sitio, desestructurando familias y proyectos de vida personales, rebajando los salarios, no sólo es un retroceso de derechos, sino una cortedad de miras que impedirá nuevas salidas laborales a esta crisis. Cuando nos ocurra como a Charles Chaplin en sus “Tiempos modernos”, dejaremos de consumir educación y formación, atención a los dependientes, escuelas para los pequeños, actividades extraescolares, campamentos de verano, ocio, turismo, cultura, innovación, creatividad, deporte, cuidado de la salud y la estética, atención del cuerpo, y un largo etcétera de nuevas profesiones que nacieron al calor del bienestar económico de una clase trabajadora pudiente.