España se encuentra al borde de la recesión, con la Agencia Moody´s (sobrevolando como siempre) bajando la calificación de ocho comunidades, con algunas deudas a un paso del bono basura, y con el ministro de Guindos anunciando que las cosas irán, pero se prevé un empeoramiento de la economía española. Ya hemos descubierto todos que la llegada de Rajoy a la Moncloa no era milagrosa, que su sola presencia no iba a generar “Confianza”, que el PP no tenía ni planes ni recetas salvadoras; muchos lo sabíamos y lo presentíamos, pero hacía falta que este país se diera de bruces con una realidad dolorosa. De nada sirve decir que el PP jugó sucio (pues tampoco resulta sorprendente) acosando al Gobierno Zapatero, creando desestabilidad, calentando los ánimos sociales, utilizando el populismo y la demagogia para obtener el poder y llegar con urgencia a la Moncloa. Ya vemos ahora cómo hay temas que es mejor no removerlos (Amaiur y ETA): “el problema de ETA hoy no es sólo policial, sino político” dice el ministro del PP “reseteando” su memoria de lo que decía el propio Rajoy hace tan sólo un par de meses; ¡qué dirá ahora Mayor Oreja!

El PP tiene cosas más urgentes que hacer: una reforma laboral que no creará empleo, tal y como sostienen los ministros, pero sí servirá para eliminar de un plumazo conquistas y derechos adquiridos que resultan molestos para la derecha más conservadora de este país. Es el ataque más brutal a la clase media, al conjunto de trabajadores, al futuro de este país encarnado en nuestros jóvenes.

Para llegar a este punto de desconcierto, en el que los ciudadanos vivimos, ha hecho falta manipular la realidad y crear las condiciones culturales para sentir miedo socialmente, estar desarticulados colectivamente, no tener representantes sociales y políticos efectivos, perder nuestra democracia política, y así, de un plumazo, eliminar nuestros derechos conquistados, porque si no lo aceptamos se abrirá la puerta del infierno y del caos. ¿Cómo si no fuera un verdadero caos el que estamos viviendo en estos momentos?

Los ataques a funcionarios y trabajadores con empleo estable, como clase privilegiada, diferenciándolos de los que no tenían empleo; las acusaciones a los sindicatos como inútiles y haraganes; el ataque al conjunto de la clase política (que muchos han hecho mérito ganándolo a pulso) para debilitar la representación democrática; la rumorología de que la Democracia es carísima, mejor nos sale un sistema impuesto de “ordeno y mando”; la desarticulación colectiva del asociacionismo fomentando valores individualistas; la anulación del pensamiento crítico y razonado frente al griterío inculto y populista de los “famosillos” televisivos. Todo un entramado de imaginario cultural colectivo como escenografía de lo que iba a venir.

Nos hicieron creer que el “capitalismo socializado” era real y posible, comprando casas y objetos cada vez más caros con hipotecas a cuarenta años; cuando ahora la gente está endeudada y sin trabajo, no se buscan las soluciones más sensatas y humanas, sino las más descabelladas y crueles. Somos culpables de haber comprado, culpables de haber tenido trabajo, culpables de haber disfrutado de vacaciones, culpables de consumir y salir los fines de semana, culpables de ver programas basura en televisión, culpables de ser egoístas e individualistas, culpables de haber reído y soñado, por eso, ahora hemos de pagar las consecuencias.

Y lo dicen quienes fomentaron este caos, quienes jugaron al casino mundial, quienes siguen ganando muchísimo dinero, quienes están lejos de la realidad social, quienes gobiernan nuestros países sin haber dado un curso elemental de “Educación para la Ciudadanía”.

Mientras tanto, el PSOE necesita recuperar su credibilidad ante los fallos cometidos y comienza su “oposición útil”. Pero no debe olvidar que cada vez que la socialdemocracia ha dicho esa lapidaria frase de “es la única política posible”, ha dado un paso atrás en sus compromisos y en su conquista social.