Opinar fuera de los órganos de decisión, sin el peso de la responsabilidad pública y orgánica, resulta más sencillo pero no está exento de compromiso y de la misma preocupación que siente la militancia socialista.

Sinceramente creo que es un error los tiempos que está marcando el PSOE. El “tiempo” no puede ser el factor que condicione y determine la reflexión conduciendo apresuradamente a un congreso en febrero que pretende cerrar cuanto antes el debate, buscar un líder de forma rápida y seguir hacia delante como si no hubiera pasado nada. Marcar el congreso en febrero para que olvidemos cuanto antes esta pesadilla es un error, porque si algo debería sobrarle en estos momentos al PSOE es justamente TIEMPO. Hemos perdido todo el poder institucional, no un poquito, TODO, y la preocupación actual es salvar los muebles en Andalucía (que no es objetivo desdeñable pero no puede convertirse en la obsesión); en mi opinión, los árboles nos impiden ver el bosque.

El proceso no es la solución, pero en el proceso SÍ está la solución que el PSOE necesita. El PSOE tiene TIEMPO pero no tiene CREDIBILIDAD.

Ése es nuestro problema actual, de una envergadura y gravedad sin precedentes. Nuestro programa, nuestros líderes y la organización están en cuestionamiento porque no tenemos credibilidad ante la ciudadanía socialista. No se trata únicamente de qué digamos ni quién lo diga (que ya en sí son dos núcleos esenciales), sino cómo lo digamos para que volvamos a ser creíbles. No es un “cómo” de imagen sino de fondo: coherencia, sinceridad y seguridad en las propuestas.

Nuestro candidato Rubalcaba era magnífico, en su equipo ha contado con personas excepcionales (desde Jáuregui hasta Elena Valenciano u otros que han hecho un trabajo fantástico), y se ha estructurado un programa socialdemócrata alternativo frente a la crisis. Pero no ha funcionado. Porque el crédito ya estaba agotado. Porque sonaba a “falso”, a “precipitado”, a “improvisado”, porque ni siquiera se escuchaba por parte de la ciudadanía, porque se había agotado el contador que nos daba oxígeno para seguir trabajando, porque habíamos roto las alianzas con nuestra ciudadanía que ya buscaba otras alternativas desde hacía meses, porque la derrota en las elecciones municipales y autonómicas no fue un aviso sino el primer paso para mirar a un horizonte diferente al del PSOE.

Cuando perdimos las elecciones generales del año 2000, después de que Joaquín Almunia como candidato impulsara el pacto con IU, la dirección se preguntó: ¿Por qué? ¿no era lo que la ciudadanía quería? El problema es que nadie se creyó aquel pacto: se vio como una estrategia, una táctica electoral, claramente superficial.

La credibilidad es el elemento más subjetivo que tiene la ciudadanía para valorar a un partido por encima de su valía y el elemento más difícil de recomponer.

El PSOE no necesita un congreso precipitado, sino un proceso para cocer lentamente todos los ingredientes: programa, definición ideológica, nuevos y viejos equipos, restaurar la organización, ver los agujeros negros en que se han convertido algunas federaciones; incluso hubiera sido mejor hacerlo de abajo a arriba, recomponiendo primero unas organizaciones autonómicas que están maltrechas, y permitir que salieran nuevas iniciativas así como escuchar el enfado de la militancia; hubiera permitido también que no se repitiera la misma estructura de delegados formados por el poder orgánico actual de cara al Congreso Federal (a no ser que sea justamente eso lo que se persiga). El congreso no va a permitir que salgan todas las opciones a la luz; se elegirá con limitaciones tanto en los nombres que se presenten como por quienes decidan.

1) No creo que Rubalcaba deba ser el candidato. Aposté claramente por él porque no veía circunstancias oportunas para elegir a un cabeza de cartel sin que acabara “chamuscado” en la derrota. Rubalcaba no ha perdido ni una página de su prestigio en este proceso… hasta el momento! A partir de ahora, comienza su desgaste. El último favor que Rubalcaba debe hacer al partido es mantenerse como líder de la oposición el tiempo que haga falta hasta que aparezca el nuevo secretario/a general, pero sabiendo que él no será. Entre irse corriendo la noche electoral y querer repetir, hay un término medio que lo marca la prudencia.

2) Entre los actuales nombres y cuadros conocidos hay personas sobresalientes pero que necesitan recomponer su discurso y separarse del peso de la derrota actual: tomar distancia porque la derrota ha inhabilitado, no sólo al candidato y a la ejecutiva federal, sino al conjunto de líderes.

3) En un proceso tan rápido no pueden emerger caras nuevas con nuevos equipos. Sólo hablamos de las que conocemos, aunque existen personas de valía que no podrán participar porque no son conocidas a nivel nacional.

4) El congreso se desarrollará con la votación de delegados. Es hora de cambiar ciertas estructuras: permitir la votación de los militantes para elegir a su secretario general es lo mínimo a modificar para una mayor apertura de la organización. El PSOE es un partido organizado, estructurado, con reglamentos y congresos, pero no puede ser un partido endogámico, viejo, asustadizo, miedoso y sin iniciativa.

Tenemos miedo a cambiar los estatutos. Las reglas deben facilitar la democracia y la libre e igual participación de todos los militantes (tanto en su elección como en su concurrencia a cargos), pero no pueden ser los cerrojos que bloqueen la dinamización.

Hubiera sido mejor hacer una gestora que proporcione el tiempo necesario para la reflexión, porque no sabemos qué hacer, ni a quién elegir, ni cómo salir de ésta. No es malo reconocerlo, lo desastroso es engañarnos. O hubiera sido mejor invertir el proceso congresual de abajo a arriba. Ya no se puede hacer, pero aún podemos modificar algunas cosas:

1) Que lo prioritario del congreso federal no sea la elección del secretario general, sino que se hable primero de ideas y de la agarrotada organización del PSOE.

2) Que lo segundo sea modificar los estatutos para ponerlos al servicio de la organización y no al contrario, permitiendo que los militantes voten individual y secreto al secretario/a general.

3) Por último, que el congreso abra el proceso de elección permitiendo que los diferentes candidatos/as se den a conocer en todo el territorio.

Abrir la discusión, el debate, la participación supone un lío impresionante, un jaleo, voces discordantes, pero no tenemos nada que perder y democráticamente mucho que ganar, sobre todo, cuando la ciudadanía progresista ya le ha perdido el miedo al “voto útil” y no siente remordimientos por no haber votado al PSOE.

Ana Noguera