Nadie sabe lo que va a ocurrir en Libia después de la muerte de Gadafi. No lo saben los libios como tampoco lo sabemos los europeos. Ni siquiera supimos predecir los resultados de la primavera árabe y cómo, en menos de un año, los países árabes del Norte de África han cambiado de régimen político y han castigado a sus dirigentes (expulsado el tunecino Ben Ali y apresado el egipcio Mubarak).

Todos ellos han sido aliados durante décadas de los países europeos porque garantizaban, en unos casos la venta de petróleo (como pudo ser Libia), en otros la no entrada de inmigrantes, pero sobre todo, decían mantener el “orden internacional” a base de mano dura, sometimiento de su pueblo, y represión. Ahora, nadie quiere reconocer que estrechó las manos de tales personajes, y mucho menos en el caso de Gadafi, de quien lo más suave que se puede decir es que fue “un dictador extravagante”. Probablemente, el perdón de la Comunidad Internacional haya sido la intervención discreta, sin excesos ni protagonismos militares (muy alejada del imperialismo de la guerra de Irak y la ineficacia en Afganistán), para equilibrar fuerzas y permitir que Gadafi no se saliera con la suya. Siempre resulta cuestionable las intervenciones militares y nunca se sabe cuándo son oportunas, cómo se darán, qué ocurrirá y qué hubiera sido mejor: nadie está en posesión de la verdad, y mucho menos cuando se habla de asuntos de guerra, pero a muchos nos obsesionaba y preocupaba el exterminio que ocurrió en el corazón de Europa con los Balcanes y que una masacre similar pudiera darse en los países árabes, porque no solamente hubiera supuesto el fin de la liberación de Libia, sino también una mayor represión para todos los países musulmanes y quizás el fin de la primavera árabe.

Ahora viene lo más difícil. Los libios sentirán alivio con la muerte de Gadafi, pero dudo que tengan tiempo para alegrías. Hay que empezar un proceso político del que carecen por completo: ni disponen de instrumentos representativos como los partidos políticos ni de una mínima cultura sociopolítica, mucho menos democrática.

No va a ser fácil: tienen un bajo índice formativo, muchísimos problemas económicos, un país empobrecido, fanatismos religiosos, divisiones tribales, y muchas ganas de respirar con libertad. En el colectivo general, los europeos entendemos de instituciones y procesos democráticos (aunque últimamente hayamos entrado en una melancolía peligrosa), pero tengo la impresión de que sabemos más bien poco del mundo árabe (o vaya por delante mi ignorancia). A muchos nos inquieta que las ansias de libertad se reconduzcan hacia un fundamentalismo religioso, unas guerras internas por el poder, un cierre cultural que imposibilite el progreso de los ciudadanos (y fundamentalmente de las mujeres), y una incomprensión hacia Europa.

No debemos prejuzgar de antemano (y perdón por ello) y debemos confiar en que la libertad requiere un proceso de aprendizaje, con sus equivocaciones incluidas, pero no hay comparación con mantener una dictadura como la de Gadafi.