Esta semana acaba de culminarse el traspaso de poderes entre Francisco Camps y Alberto Fabra. No deja de resultar sorprendente la manera que el PP tiene de resolver sus crisis; después de haber estado Camps, más de dos años y medio, resistiendo y agarrándose al poder del sillón presidencial, al tiempo que todo el PP cerraba filas, aunque supieran que tal defensa era infumable, en un tiempo récord, Camps dimite al ver que ya no le llega más oxígeno desde Génova y es reemplazado en un abrir y cerrar de ojos por un político discreto, educado, con buenos propósitos, fiel al partido, siempre en un segundo plano orgánico e institucional, que ha sido “bendecido” por el dedazo.
Tal proceso de sustitución es similar al ocurrido entre Zaplana y Camps. Este último también llegó en un abrir y cerrar de ojos, por la decisión de un dedazo, y porque se trataba de un “segundón discreto” del que Zaplana pensó que podría dominar. Pero Camps demostró maneras y ambición: liquidó orgánicamente al zaplanismo, creó un estado interno de sumisión por miedo al presidencialismo, y desbordó todas las pretensiones de megaproyectos que llevó adelante Zaplana, embarcándose en eventos surrealistas, en deudas millonarias, en contrataciones de un sinfín de asesores, en manipulación mediática, y en declaraciones estrafalarias. Ahora bien, Camps creó una imagen de sí mismo, ha representado un rol perfectamente estudiado, que se ha desmoronado con la aparición del caso Gürtel, y que ni él mismo sabe ahora distinguir quién es el Camps de verdad y cuál el inventado.
El futuro de Alberto Fabra está por escribir. Llega con buenas maneras, con educación y compromisos, y, sobre todo, con ganas de alejarse de la etapa campsista. Tiene muchos retos por delante: el primero, controlar a su propia organización que acaba de ver fisuras en el barco orgánico. Sus primeras declaraciones es que quiere que “se hable en positivo de la Comunidad Valenciana”. Cierto. Porque el rastro de hedor, negatividad, mala gestión e imagen, asuntos judiciales, y la larga baba de caracol ha sido el camino de la gestión del PP, de su propio partido.
¡Qué pronto terminó el tópico campsista de: “¡qué bonita está Valencia!”, que constataban los forasteros y que a los valencianos nos ha costado mucho dinero mal gestionado tanto por lo inservible de sus fines como por la corrupción que ha encubierto.
Hablar en positivo de la Comunidad no es sólo tapar lo ocurrido con Camps intentando convencerle de que deje su escaño como diputado (que no lo va a hacer pues eso le permite ser aforado), ni realizar una amnesia colectiva para olvidar que Camps existió una vez. La herencia que deja no es solamente de corrupción, sino de una gestión estrambótica y estrafalaria.
Camps ha gestionado la Comunidad exactamente como ha gestionado su propio recorrido político. De la misma manera que Camps ha creado una farsa de sí mismo, ha ofrecido un holograma de la Comunidad Valenciana. Hemos sido una representación, una imagen folclórica de un modernismo ilimitado, de una riqueza falsa, gestionando por encima de nuestras posibilidades económicas. Como si fuéramos el traje nuevo del emperador, nos hemos quedado desnudos frente al falso esplendor que Camps vendió con engaños, manipulaciones, demagogia y poca trasparencia.
Su gestión deja una Comunidad en los últimos puestos de bienestar social (en educación y sanidad), la más endeudada por cápita de toda España, con un urbanismo irracional, con el mayor desempleo juvenil, con un fracaso escolar de casi un 40%, con eventos malogrados que no han servido para nada como Terra Mítica o la Fórmula 1, con infraestructuras exageradamente caras como el Palau de les Arts (con un sobrecoste del 400% se ha convertido en el más caro de Europa) que ahora se alquila para bodas de famosos, y sin un sistema financiero propio pues hemos perdido Bancaja (hoy parte minoritaria de Bankia) y con la CAM intervenida por el Estado mientras sus consejeros del PP la utilizaban para créditos propios a interés cero.
El futuro de la Comunidad Valenciana pasa, en primer lugar, por despertar de una situación a mitad entre el sueño y la pesadilla, pero alejada de la realidad, que nos ha llevado a combinar en nuestras mismas calles el ruido ensordecedor de los bólidos de Ferrari con los barracones de los colegios públicos (ejemplo de muchos disparates).