Cuando las instituciones públicas andan mal de salud y la ciudadanía muestra su desinterés, se suele achacar al cambio de valores culturales de la sociedad, que han convertido a los ciudadanos en individualistas y egoístas, poco preocupados por las cuestiones generales y con una estima moral en descenso. Pero algo mal estarán haciendo las instituciones públicas para que ese caldo de cultivo se produzca.

En alguna ocasión, he hablado de la política (y lo seguiré haciendo), pero esta vez la Justicia deberá dar alguna explicación de por qué está en números rojos en su valoración ciudadana.

¿Cómo es posible que Ángel Luna (portavoz socialista de las Cortes Valencianas) y Baltasar Garzón sean los primeros en sentarse en el banquillo por el caso Gürtel? ¿Cómo es posible que se siente el que denuncia y el juez cuando el delito lo han cometido otros? ¿Cómo es posible que algunos casos judiciales se vean con tanta prontitud e interés mientras otros, como la innumerable serie de Carlos Fabra mueran en la mesa de los despachos o se alarguen tantos años que llegan a prescribir?

Cuando la ciudadanía no entiende lo que ocurre, porque tiene difícil explicación lógica y racional, y muchos intereses ocultos en la trastienda, se genera el escepticismo, el mal generalizado que la sociedad está sufriendo, y que la opacidad y falta de comprensión de ciertas instituciones están alimentando. Una democracia débil con ciudadanos escépticos, que no podemos distinguir la información veraz de la intoxicada, llama a las puertas del populismo.

El escepticismo es el mal de nuestra Democracia. No creer en nada. No tener confianza en que se hará lo correcto. La sensación de tirar la toalla porque quienes manejan los hilos del poder (que a veces no se sabe quiénes son) no están dispuestos a perder batallas. La tristeza de que la justicia es ciega y lenta. La seguridad de que los políticos mienten más que hablan (lo cual ya es difícil).

Ese ambiente no se ha creado de forma casual. Todo lo contrario. Más bien claramente intencionado. Debilitar la democracia, manipular la información, contar verdades a medias, crear un barrizal de lodo en el cual todo el mundo salga salpicado para luego gritar “todos son iguales”, es una estrategia perfectamente planificada que mina la moral, debilita la confianza en el sistema, aleja a los ciudadanos de sus instituciones, y gana el más tramposo, el que mejor se revuelca en el lodo. La derecha orquestada sabe hacerlo bien; utiliza a la derecha política como simples lelos que ponen la cara y la voz, actuando en muchas ocasiones al dictado; aquéllos que no lo hacen, piensan con criterio propio y defienden democráticamente sus ideas liberales (que los hay y muchos), suelen ser llamados “traidores” por su propio grupo.

Algunos ejemplos. La política terrorista del gobierno Zapatero es incuestionable, y ETA está en sus últimos coletazos, pero eso no importa para gritar en manifestaciones consignas salvajes, alentadas por el debate político y mediático de la mentira. Otro ejemplo: el caso Gürtel (el mayor caso de corrupción de la España democrática que afecta a un partido político) se convierte en una persecución al PP, porque la derecha se atrinchera, atacando con uñas y dientes, mintiendo descaradamente, y defiendo “a los nuestros” da igual lo que hayan hecho, y rebuscando basura (aunque no sea cierto) para contraatacar generando el ambiente de que “tan corrupto eres tú como yo”.

Es lo que han tenido que sufrir Luna y Garzón. Lo que está viviendo Garzón SÍ es una persecución en mayúsculas. Se le abre una causa judicial por permitir unas escuchas que evitan que se destruyan pruebas. Se persigue a Garzón frente a los delincuentes. Se le caricaturiza con una personalidad ambiciosa, individualista, “juez estrella”, que odia al PP, y que no cumple con sus obligaciones judiciales, olvidando de un plumazo toda su magistral carrera. Pero lo cierto es que el juez ha puesto al descubierto un caso real de sinvergüenzas que se llama Gürtel.

He visto trabajar durante cuatro años a Ángel Luna en las Cortes Valencianas. Doy fe de su rigor, su elegancia parlamentaria, su contundencia, su preparación de las intervenciones, su resistencia ante los insultos. Su único pecado fue perseguir el fraude de facturas falsas, dinero negro, sobrecostes no justificados, y dinero desviado a la trama Gürtel. Primero, se buscó bajo las piedras si Luna tenía algo de qué avergonzarse en etapas pasadas. Aunque fuera mentira, se trataba de ensuciar su nombre y la limpieza de su trabajo. Luego el PP, indignadísimo, pone una denuncia contra Luna con el fin de amordazarlo, hacerle callar, meterle miedo y, de paso, que ante la opinión pública, se siembre la sospecha de que si él se sienta en el banquillo algo malo habrá hecho también.

Lo curioso es que en esta frenética persecución judicial iniciada por el PP para ensombrecer la verdad y confundirlo todo a base de fango, nunca ha puesto una querella contra los miembros del Gürtel, “amiguísimos del alma” de Camps, que sí están acusados de haber defraudado dinero público. No han actuado contra los ladrones, sino contra los denunciantes.

Afortunadamente, y pese a las miles de piedras y obstáculos que ponga el PP (y quienes estén detrás maniobrando) en el camino, el sistema funciona y endereza las cosas. Se tardará más o menos, pero acabaremos distinguiendo la verdad de la mentira, y que todo el mundo no es igual, ni siquiera en política. (Alejen de mí cualquier parecido con Carlos Fabra, por favor).

Luna ha sido absuelto. No podía ser de otra manera. El PP lo sabía. Pero necesitaba ensuciar su nombre, mentir que algo queda. Nunca he visto a Ángel durante todo este tiempo perder la confianza, bajar la cabeza, dejar de investigar y denunciar o silenciar su voz.

No vivimos la mejor época de auge de la moral y los valores, ni de la justicia justa y merecida, ni de los políticos líderes y honestos. Pero, cuando se ven actuaciones coherentes como la de Luna o procesos judiciales justos como el de Garzón, volvemos a recuperar el aire de la credibilidad en la política y en la justicia.

Ni Garzón ni Luna son héroes (aunque a veces lo parezcan por la estrechez del camino que deben recorrer). Simplemente es que no todos son iguales. Sigue existiendo una nítida diferencia entre lo correcto y lo deshonesto que a muchos nos hace seguir creyendo en la política.