Nadie dijo que el problema de los refugiados sirios fuera fácil. Pero que la incompetencia europea era tan elevada tampoco era previsible.
Los datos del conflicto son escalofriantes: cinco años de guerra, a la que no se ve el final y en la que Europa está ausente de una negociación política. Con una población total de 23 millones de personas, la guerra ha provocado más de 220 mil muertos y 11 millones de personas desplazadas.
Cada día, miles de personas, ¡¡MILES!!, siguen escapando de su país, un país destruido, donde lo han perdido todo, desde lo material a la dignidad o a los seres más queridos. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, se calcula que para finales de este año 2015, podría haber 4.27 millones de refugiados.
Seguramente es el drama humanitario más grave al que Europa se enfrenta en este inicio de siglo. Y los altos mandatarios políticos todavía siguen haciendo cumbres internacionales, tomando con calma y paciencia la resolución del conflicto, negociando cifras en un juego del “ratón y el gato” para escurrir las responsabilidades sobre los derechos humanos, y, como medida estrella, cerrando las fronteras y elevando muros. Muros cada vez más altos para que la pobreza, las secuelas de la guerra, el hambre, la humillación, el desplazamiento, el miedo, … se queden fuera del conservadurismo europeo.
Turquía y Grecia son los tapones que deben retener en islas a los refugiados para que no lleguen al corazón de Europa. Y aún así, vemos las situaciones dramáticas todos los días. Se han convertido en algo tan cotidiano de nuestro paisanaje mediático que ya nos estamos vacunando ante el drama, como si formara parte de algo natural de nuestra sociedad.
Vemos a los mandatarios europeos reunidos, revoloteando, con palabras gangosas, generando al mismo tiempo miedo al otro, miedo a perder lo que tenemos, miedo a compartir, miedo al drama, miedo, miedo, miedo. Y detrás del miedo, siempre llega una xenofobia incontrolada que está siendo provocada por los mismos gobiernos que deberían fomentar los valores culturales de la Europa solidaria de los Derechos Humanos.
La mayor vergüenza de este conflicto la vi en dos imágenes:
– La manifestación en Grecia que ha venido a recordarnos que la situación económica-social griega sigue estando ahí y no se ha resuelto aún. Pero casi lo habíamos olvidado, porque lo que era un problema capaz de romper a Europa, quedó diluido de la agenda europea y de la preocupación de los políticos, en el momento que se aprisionó la voluntad popular, se humilló a la democracia griega, y el Eurogrupo volvió a controlar la situación económica.
El problema social griego no se ha resuelto, pero está amordazado.
Mientras los griegos hacen frente a sus propios problemas, abandonados por una Europa economicista, son los encargados de asumir el drama de los refugiados griegos junto a Turquía, bajo la atenta mirada de los países desarrollados, que temen ser contagiados por el deber moral de la solidaridad.

– La segunda imagen fue patética. Ha llevado el primer grupo de refugiados a España. ¡¡12 refugiados!!
De los miles que escapan diariamente de Siria, de los miles que se agolpan en los campamentos improvisados, de los miles que deambulan por las islas griegas, de los millones de desplazados por tierras turcas, España recibe con honores a 12.

Este grupo es una avanzadilla inicial. ¿Cómo llegarán a España: de 12 en doce?
Después de meses del mayor drama humano con el que se encuentra Europa, a puertas de la llegada del invierno, nuestra capacidad como país se mide con ínfimas muestras de cara a la galería.