El programa electoral es la conexión entre representantes y representados: conseguir el respaldo de la mayoría ciudadana es el sueño de todo partido. ¿Cómo hacerlo?
Firmemente defensora de la democracia representativa, el problema real no es conseguir que todo el mundo participe (imposible y a lo mejor no deseable para todos los afectados), sino que no se expulse del sistema político a aquellos ciudadanos que sí reclaman su participación, que tienen interés político, que siguen la actualidad y manifiestan su voluntad de deliberar en asuntos públicos, que les preocupa la colectividad, que no encuentran los cauces de reflexión y debate, que no buscan ser “cargo público” sino ciudadanos políticos concienciados, que encuentran en los partidos estructuras cerradas y áridas, nada permeables (escuchar no quiere decir sonreír demagógicamente en campaña electoral).
Aprender a prevenir supone educación y aprendizaje cultural. Prevenimos enfermedades cuidando nuestra alimentación y nuestra salud; prevenimos accidentes de tráfico mejorando carreteras, la seguridad de los vehículos y la educación vial; la prevención constituye un signo de madurez social. Pero, ¿hacemos lo mismo con nuestra democracia? ¿Hemos aprendido en estos años a prevenir los virus que la atacan o sencillamente nos hemos dejado llevar, confiando en la legalidad del procedimiento, inhibiendo nuestra atención y dedicación? De forma apática, nos conformamos diciendo que la democracia es el mal menor, hemos perdido el enamoramiento del noviazgo, sin reflexionar que hay que cuidarla y trabajarla de forma paciente cada uno de los días. La democracia, como relación social, es mucho más que “un mal menor”, sólo que nos hemos quedado en el aburrimiento, la apatía, el desinterés, y las reglas básicas del reglamento, sin participar en el corazón del proceso democrático.
La crisis financiera actual ha dado paso a otra crisis: la política. Ha desenmascarado un problema que conocíamos pero no hemos “prevenido” y que tiene dos aspecto. En primer lugar, a finales del siglo XX, el escenario de nuestras democracias representativas se sustentaba sobre un creciente individualismo alimentado por el consumismo como equivalente a la felicidad y la razón egoísta del sujeto por encima del interés colectivo, que conllevaba el desinterés por los asuntos públicos y la falta de participación política. En lugar de corregir estos defectos, a las direcciones de los partidos políticos les venía bien la separación entre ciudadanía y políticos, porque así resulta más fácil el control de las decisiones. Cuando las cosas iban bien, no parecía importar la calidad de la política, pero en momentos de crisis, el desinterés se convierte en indignación porque no hay gobernanza mundial capaz de frenar la avaricia de la especulación, supeditándose el poder democrático al económico.
Hoy, los partidos políticos se encuentran sin respuestas globales, incapaces de poner en marcha las ideas escritas porque los engranajes están oxidados. El divorcio entre ciudadanos y representantes ha degenerado en: unos partidos políticos que fían su suerte a la distorsión de la imagen publicitaria y no al contenido de sus propuestas, a los vicios como la corrupción y el nepotismo fruto de la falta de transparencia y de no rendir cuentas públicas, a la sustitución del “buen político” por los “cargos orgánicos” de los partidos; la modernización de los partidos ha consistido en un “lavado” de imagen, en incorporar marketing y tecnología para difundir mensajes simplistas y enlatados, mientras sus estructuras y relaciones humanas se han anquilosadas y envejecido. Los partidos se han sumido en el somnífero de un pensamiento único, de un agotamiento ideológico convenciéndose que, da igual lo que se haga, porque el resultado es inevitable.
En segundo lugar, los partidos, instrumentos vitales de la sangre democrática, no han sabido modificar sus estructuras adaptándolas a la complejidad de la sociedad actual. Ya no existe una definición de “clase” nítida y simple; los problemas globales afectan por igual a derecha e izquierda; el electorado es volátil dependiendo del tema; los mítines y la vida orgánica del partido no atraen al ciudadano; y ya no se necesita un partido de masas (con militantes aguerridos) para llevar el mensaje puerta a puerta. Se ha invertido la pirámide del partido político, no existen partidos “de masas” sino de “cuadros”.
La motivación de la relación del ciudadano con el partido político ha cambiado y su desconfianza se produce fundamentalmente por dos razones: uno, el partido político no es un lugar de debate, de discusión, de análisis, sino de disciplina orgánica que superpone el “todo por el partido” por encima de la suma de opiniones: ¿cómo confiar en el principal instrumento de representación democrática del ciudadano cuando sus carencias son la transparencia en la toma de decisiones, la libertad de expresión y la unión en base a la convicción en lugar de la disciplina? Las decisiones internas no están dirigidas al bien general, sino al bien particular del propio partido y, más en concreto, de su élite política, empequeñeciéndose la proporción entre militantes y/o afiliados en relación al número de ciudadanos. O los partidos políticos cambian su funcionamiento interno dejando espacio para distintas formas de participación política o se crean espacios sociales al margen de los partidos o, lo que sería peor, el populismo y el fascismo encontrarán hueco desprestigiando el valor de la Democracia y el papel fundamental de los partidos.
La Democracia requiere práctica y una formación adquirida con la experiencia del día a día; no se nace democrático: se hace; abandonar la praxis democrática tiene consecuencias graves que afectan al corazón del concepto de Ciudadano: como dice Adela Cortina, en una sociedad verdaderamente democrática la mayoría no se genera a través de manipular los sentimientos de los ciudadanos, sino ejerciendo la deliberación serena y razonada; los ciudadanos, además de elegir representantes, deben tomar parte activa a través de la deliberación, escuchando por qué se toman las decisiones, las leyes y decretos no pueden ser galimatías ajenas a la complicidad y comprensión ciudadana. No es una cuestión de blanco o negro, de todo o nada, es una cuestión de grados. Practicar la Democracia, ostentar la condición de Ciudadano con plenitud, exige formación, preparación y praxis. Hoy, la tecnología permite a los partidos e instituciones públicas ser más flexibles y transparentes que nunca (publicando sus cuentas, gastos y tomas de decisiones), engrandecer el espacio de los partidos sumando la participación de ciudadanos que tienen mucho que aportar fuera del corsé típico del militante, revisar la ley electoral para dar proximidad al cargo público. En una sociedad democrática es básica “la calidad” (grado de información, de racionalidad, de educación, …) de los ciudadanos que, como votantes, deben elegir y valorar opciones. Ahora bien, todo resultará en vano si no cambia la cultura del partido político, convirtiéndose en un verdadero representante de la cultura democrática; la trascendencia que tiene la fortaleza democrática de las organizaciones políticas es mayor de la que podamos pensar, no sólo en su representación social, no sólo en el papel del militante como reflejo del ciudadano, no sólo en la elección de los mejores líderes, sino también en la capacidad real de hacer Política, de proyectar ideas, de tener capacidad de actuar en aras del bien común y de realizar programas que no sean cortoplacistas.
En segundo lugar, al partido político le corresponde realizar su programa electoral, ofrecer su modelo de sociedad, sus propuestas alternativas, su visión de los problemas, porque quien quiere gobernar debe saber aunar los intereses contrapuestos y, sobre todo, priorizar. El programa electoral tiene una doble función: el contrato social con los ciudadanos y la “fidelización” a unos principios. La ciudadanía sabe reconocer qué líneas generales definen el corazón de un partido y lo distinguen de otro, por eso, el alejamiento del electorado se produce cuando existe un distanciamiento entre las acciones políticas y lo que definen los principios del partido. Esto es lo que ha ocurrido con el gobierno Zapatero a lo largo de esta crisis; además de la preocupación social y la angustiosa situación de crisis, el electorado progresista percibe con desazón que las medidas gubernamentales tomadas entran en contradicción con los principios programáticos del partido. De forma similar, la desconfianza con Rajoy se produce al observar la demagogia frente a la crisis de quien no quiere definir medidas para no equivocarse.
El programa electoral supone el “compromiso”, la “definición de principios” y la capacidad de “liderazgo” del partido.

ANA NOGUERA

NOTA: Artículo realizado en septiembre de 2011 y publicado en la revista Temas en Noviembre 2011 (antes de la celebración de las elecciones generales 20-N)