En estos momentos, es normal que cunda el desconcierto y la desorientación, pero es fundamental escuchar los motivos por los que se ha perdido el voto ciudadano: desánimo y enfado junto con la falta de credibilidad y la incoherencia son los ingredientes principales.
Hay que asumir que quien vota a la izquierda o a la derecha espera soluciones y comportamientos diferentes, por eso se penaliza de forma distinta la corrupción, la incoherencia, la demagogia o la democracia interna de los partidos. La coherencia de nuestro programa no se realiza sólo con propuestas, sino también en los gestos, acciones, comportamientos colectivos e individuales, modo de organización, relaciones sociales. Estamos ante dos formas de entender la sociedad, la libertad individual, el grado de democracia representativa y el compromiso político. Además, el programa debe enmarcarse en la nueva transformación de la sociedad; elementos como la globalización, la especulación financiera, el poder de los mercados, el concepto del trabajo, … no pueden quedar al margen.
Rallando el atrevimiento, propondré cinco ejes básicos:
LA REDEFINICIÓN DEL ESTADO DE BIENESTAR (EB) amenazado no sólo por la crisis económica, sino por una ideología conservadora que ve la oportunidad para su desmantelamiento. Hemos de reordenar conceptos y depurar debilidades del sistema, producidos no por agotamiento, sino por falta de revisión y de responsabilidad: hay derechos que no pueden quedar en el juego del mercado, pero tampoco se puede confundir necesidades con deseos; hay que establecer los límites de lo que le corresponde al EB como prestación de servicios, considerando que el “todo gratis” sin percepción del coste y el esfuerzo minusvalora el trabajo realizado; la alianza con la clase media es primordial, por lo que no puede quedar excluida de sus prestaciones; las políticas inconexas y las ocurrencias electorales dañan la imagen del sistema, desprestigiándolo; es necesario combatir la ineficiencia del sistema y su excesiva burocratización, eliminando duplicidades entre administraciones; se puede ganar eficiencia y justicia social con un modelo único de prestaciones y servicios. Resulta inconcebible que cuando se reclama mayor globalidad social, el EB se fragmente en territorios autonómicos, fruto de las disputas políticas o electoralistas.
LA REVISIÓN DEL MODELO ECONÓMICO Y SU RELACIÓN CON EL PODER POLÍTICO: La actual crisis económica es un gravísimo fallo del sistema y de falta de controles políticos, pero las posibles soluciones provienen de los mismos causantes de la crisis que están produciendo mayor desigualdad social, más diferencia entre ricos y pobres, y un aumento desproporcionado de la voracidad especulativa; al tiempo que la necesidad de salir de la crisis “como sea y cuanto antes” propicia el sacrificio de las decisiones democráticas, invalidando al poder político, convertido en un simple gestor (a veces ineficaz) de medidas impuestas por otros. Se exige a los ciudadanos sacrificios draconianos y a los gobiernos nacionales medidas impopulares para cumplir el déficit, pero en cambio no se vislumbra el control a los movimientos especulativos, o una política fiscal europea, o impuestos para el capital financiero, o sanciones al especulador o una política productiva europea.
EUROPA Y LA INTERNACIONALIZACIÓN DE LAS PROPUESTAS SOCIALISTAS: No podemos actuar en solitario; exigimos gobierno europeo, política frente a mercado, cohesión y unión frente a la crisis, pero no sabemos cómo hacerlo porque siguen primando los intereses nacionales frente al común denominador europeo, mientras Europa se desangra, envuelta en errores, desuniones y el escepticismo creciente de unos ciudadanos desorientados. La paradoja se produce cuando a mayor demanda global, existe mayor decepción con la Europa que conocemos. Nos enfrentamos a dos problemas: las bases de las propuestas socialistas han tenido siempre un componente universalista y en cambio hemos reducido la capacidad de influencia, decisión y autoridad de organismos como la Internacional Socialista, quien permanece desaparecida sin trascendencia; hemos construido una Europa ajena al sentimiento ciudadano, con organismos burocráticos y administrativos que no se sienten como propios. No existe un liderazgo político claro, y los Jefes de Gobierno nacionales no están dispuestos a ceder una soberanía, que cada día es más imaginaria y menos real. El proyecto europeo se ha desdibujado; Europa se ha fundamentado en la Unión económica y financiera (hoy cuestionada y en fracaso), pero la Unión social nunca se ha completado. El proyecto de una Europa política es difícilmente realizable y paradójicamente más necesario que nunca. Debemos recuperar las alianzas entre los partidos y programas socialistas europeos, estableciendo puntos en común por encima de políticas nacionales: trabajo, política fiscal, inmigración, medioambiente y energía, educación y formación, constituyen los cinco ejes sobre los que realizar una política socialista europea común.
MAYOR CALIDAD DEMOCRÁTICA: LA REGENERACIÓN DE LA VIDA PÚBLICA: El escepticismo frente a la política es el mal que recorre Europa. Si no reaccionamos, aumentarán los gobiernos populistas y demagógicos al grito de “sálvese quien pueda”. Al socialismo español se le unen dos problemas: uno, la necesidad de atender las demandas de ciudadanos críticos no militantes que exigen una Democracia más profunda, con mayores canales de información, con una representación más próxima y plural; dos, una organización desacreditada, agarrotada, con una estructura poco dinámica e inaccesible. Si el PSOE no es capaz de potenciar su democracia interna, difícilmente ofrecerá la imagen de permeabilidad, accesibilidad y apuesta democrática hacia fuera. El socialismo debe reinventar la democracia representativa, atreviéndose a dar un paso hacia delante (con reformas de la ley electoral y mayores cauces de información y control público), y el PSOE debe reinventar su propia organización que se encuentra bajo mínimos de credibilidad social. Hemos de recuperar los espacios públicos de pensamiento y debate; crear equipos dentro y fuera de los partidos políticos; recuperar la voz pública con aquéllos que siempre han tenido la cabeza en plena ebullición; la estructura actual del partido no responde a las demandas sociales.
Regenerar la vida pública es combatir la corrupción, el enriquecimiento fácil, el abuso de las prebendas y privilegios, la prepotencia del poder sin autoridad. Pero también es educar contra el conjunto de valores asociales e individualistas; el socialismo democrático tiene una tarea imprescindible en la recuperación de la ética cívica.
¿SOBRE QUÉ ÉTICA ESTAMOS SUSTENTANDO NUESTRA DEMOCRACIA, NUESTRA SOCIEDAD Y A NOSOTROS MISMOS? No podemos reformar el EB si no lo hacemos bajo principios socialdemócratas; no podemos reformular una economía keynesiana sin un cambio de valores; no podemos construir Europa si no es bajo componentes sociales; no podemos apostar por más democracia de calidad si nuestra concepción ciudadana es primordialmente individualista. El mayor problema del socialismo democrático ha sido ceder ante la conformación de valores éticos sociales. El pensamiento conservador tiene una estructura, organización y comportamiento asocial e individualista, cuyo objetivo es el mayor éxito individual por encima de la cohesión social; un pensamiento atractivo y facilón que ayuda al enriquecimiento ilimitado personal pero que destruye las bases de construcción social. El pensamiento socialista no vio el peligro producido por un cambio de valores en la sociedad, por la conformación de una nueva ética cívica basada en la elección racional y el individualismo metodológico que admitía el egoísmo como única forma de comportamiento humano y de motor social y económico.
La globalización económica toma decisiones bajo los criterios de la restringida y miope Racionalidad Económica, con el único principio del “todo vale”, como única religión al consumismo, y consolidando al dinero como objeto de culto. La llamada “cultura de masas” ha configurado un individuo desprovisto de valores necesarios para desarrollar una sociedad participativa y democrática. Nuestros rasgos definitorios son la generalización del ludismo consumista, la apatía hacia lo político, el desprecio a lo público, el culto al yo y a la propia imagen, la desafección ideológica, la conciencia sobre la finitud de la vida. Así podemos comprender por qué la sociedad ha acabado desarticulada, atomizada, y sin capacidad de defensa de lo público y lo social ante el desmantelamiento del EB, o sin protestar contra la corrupción y la indecencia.

Si no partimos de principios morales radicalmente distintos a los que el liberalismo económico ha impregnado en la política y la sociedad, seremos incapaces de articular nuevas respuestas socialdemócratas que sean defendidas como propias por los ciudadanos, pues les resultarán, no solamente incomprensibles, sino ajenas a sus propios intereses individuales.