Nos encontramos con un nuevo libro de la catedrática de Ética y Política Adela Cortina, que vuelve a sorprendernos por su infatigable curiosidad intelectual en los conflictos permanentes sobre la justicia y las éticas aplicadas. En su ya extensa bibliografía, ha analizado la ética y la moral, la democracia y la política, la empresa y los negocios, la bioética, … y ahora se adentra en el valor de los animales y su consideración dentro de las ciencias morales.
A raíz de una conferencia en un congreso, a lo largo del coloquio, una señora le pregunta qué piensa sobre el trabajo voluntario en defensa de los animales, la naturaleza o el patrimonio artístico. Esta pregunta despierta el interés de la profesora Cortina en situar el justo término donde la ética moderna ha de considerar el valor de la naturaleza o el patrimonio.
Fundamentalmente son dos los movimientos que se enfrentan en las últimas décadas. Por una parte, el especismo que consiste en aquella cosmovisión que da preferencia moral a los seres humanos frente a los animales y frente a los demás seres por entender que sólo los seres humanos merecen consideración moral. Y, por otra parte, encontramos el movimiento animalista, que propone extender las fronteras de la persona, la dignidad, la comunidad y los derechos más allá de la especie humana. Desde esta perspectiva, algunos animales son personas y algunos seres humanos no lo son; defiende además que una auténtica democracia debería incluir a todos los seres que tienen un valor.
Del análisis a realizar existen tres posibles conclusiones, tal y como plantea el libro: o bien optamos por incluir a los animales no humanos en el núcleo de la ética y la política modernas en pie de igualdad con los seres humanos; o bien los incluimos, pero introduciendo una gradación en la relevancia moral y política de unos y otros; o bien, por último, decidimos dejar las cosas como están.
Adela Cortina realiza un análisis detallado de estas corrientes, adentrándose en el movimiento animalista, la tradición de los deberes indirectos, el contractualismo y el utilitarismo, el enfoque de las capacidades, y las teorías del valor inherente.
La primera pregunta que podríamos hacernos es si el Hombre sigue siendo la medida de todas las cosas. Desde que Protágoras, hace veintiséis siglos, lanzara esta afirmación, se ha ido consolidando la consideración de que el hombre es el centro del universo moral; hasta que, en los últimos tiempos, esta teoría antropocéntrica se ha convertido en el blanco de innumerables críticas. Aunque, como dice la profesora Cortina, existe un amplio consenso en torno a las tesis kantianas de que los hombres son fines en sí mismos, no valiosos para otras cosas, y por lo tanto, tienen dignidad y no precio, alejándose de cualquier visión mercantilista. Estas afirmaciones éticas tienen sus consecuencias en el mundo de la política, conformándose así lo que conocemos como Derechos Humanos.
Sin embargo, en el último tercio del siglo pasado, aparece un conjunto de movimientos sociales dispuestos a cuestionar que el varón ya no es en exclusiva el centro de la vida moral y de la comunidad política. Nuevos movimientos sociales que, en los años setenta del siglo XX, anuncian que llega el cambio: es preciso sustituir la visión masculina, por la femenina, la ética de la razón por la del sentimiento, introducir la ética del cuidado de la tierra, de los seres vivos o de los animales.
El objetivo es terminar con el antropocentrismo. A lo largo de la historia, el relato moral se inicia con el “nosotros” de la Atenas clásica, cuando sólo los varones adultos pertenecen a la comunidad, dejando fuera mujeres, niños y esclavos. Sucesivas revoluciones van ensanchando ese “nosotros” para incluir, en primer lugar a los esclavos, luego a las mujeres y más tarde a los negros.
Ahora bien, Adela Cortina advierte que no se puede ni debe introducir en el mismo saco reivindicaciones tan distintas como las que plantean los animalistas. “Bregar por la liberación animal no es lo mismo que trabajar por la emancipación de las mujeres, que pertenecen a la especie humana, o promover el cuidado de la naturaleza, la reverencia por la vida”. Según la profesora Cortina, exigir la igualdad de mujeres y varones es una reivindicación que hunde sus raíces en el paradigma antropocéntrico, que nada tiene que ver con que se cuide a los animales no sólo porque tienen capacidad de sufrir, o porque gozan de unas capacidades básicas para llevar adelante una vida buena, sino por el hecho importante de que toda vida tiene un valor interno.
No se puede entender, por tanto, la ética animalista como una prolongación del paradigma ético de la Ilustración, pues el fundamento de los Derechos Humanos es la dignidad humana y no la utilidad que se puede seguir de ellos.
La primera generación del movimiento de liberación animal o animalista se remonta al Reino Unido en la década de los sesenta del siglo XX, cuando surgen asociaciones y ligas en defensa del maltrato de animales. Hasta 1970, sólo se habían publicado 94 trabajos sobre la ética y los animales; hoy hay miles sobre el tema. Actualmente, el maltrato está penalizado en distintos países; los experimentos con animales han de atenerse a condiciones estrictas; las universidades e institutos de investigación cuidan con esmero a los animales de laboratorio; las granjas, zoológicos o transportes de animales cumplen con requisitos y leyes severas. De la misma forma, que se han multiplicado las mascotas o animales de compañía, acompañando su crecimiento de comida especial para animales, ropas, hoteles, residencias, posibilidades de adopción, penalizaciones en caso de abandono de mascotas, etc.
Lo cierto es que la pregunta por el trato que los seres humanos deben dispensar a los animales está presente en todas las culturas tanto en el nivel de vida cotidiana como en el de reflexión intelectual. Y sea por razones filosóficas o teológicas, la convicción argumentada de que los animales merecen un buen trato es tan antigua como la historia del pensamiento.
En este sentido, dice Cortina que, a lo largo de la historia, los debates sobre las relaciones entre seres humanos y animales se han centrado en tres aspectos nucleares: 1) qué diferencias existen entre ellos, 2) de qué modo debe ejercer el hombre su dominio sobre la naturaleza, y 3) si las relaciones con los animales implican exigencias de justicia o depende de la voluntad de cada persona. Las tres cuestiones se encuentran en el centro del debate actual.
Adela Cortina, basándose en Tom Regan, amplía y configura las teorías éticas atendiendo a la forma en que consideran la relación entre el ser humano y los animales. Éstas son:
1) Teorías del deber indirecto: según ellas, es un deber moral tratar bien a los animales, pero no porque ese deber corresponda a un derecho que los animales tengan de ser bien tratados, ni es tampoco un deber de justicia si no es de forma indirecta. El paradigma de esta posición es la propuesta de Kant.
2) El contractualismo: es una teoría también deontologista, pero una teoría de la obligación política. Los sujetos del pacto son los seres humanos y sólo ellos tienen derechos porque sólo ellos son capaces de reconocer y asumir deberes. Los firmantes del pacto deciden contraer obligaciones legales con los animales que vayan más alá de la pura benevolencia. Los conceptos clave son “derechos” y “deberes”.
3) El utilitarismo: es de justicia tener en cuenta de un modo igual los intereses de todos los seres sensibles, de forma que los conceptos clave son “interés” e “igualdad”. Según Bentham, la “línea infranqueable” no viene trazada por ser persona, sino por tener o no capacidad de sufrir. El utilitarismo es un pathocentrismo.
4) El enfoque de las capacidades: considera un deber de justicia respetar y empoderar las capacidades de los seres organizados, que pueden perseguir con ellas una vida buena. La clave de la obligación no es el derecho ni el interés en reducir el dolor y buscar el placer, pero tampoco el reconocimiento del valor interno. La clave consiste en que los animales tienen capacidades para llevar adelante una vida buena.
5) Teorías del valor inherente o deontologismo animalista: los animales merecen consideración moral y legal, no porque tengan intereses, sino porque tienen derechos anteriores la formación de la comunidad política. Tienen derechos porque valen por sí mimos, tienen un valor interno y no solamente instrumental.
6) Las teorías del reconocimiento recíproco: tienen por base el reconocimiento mutuo de seres dotados de competencia comunicativa humana. Son teorías deontologistas que sólo reconocen derechos a los seres humanos, y precisamente por eso se ven enfrentadas al desafío de incluir o no a los animales entre los deberes de justicia.
Esta última, las teorías del reconocimiento recíproco, es la propuesta de Adela Cortina, quien argumenta que también reconocen el valor interno de seres valiosos y vulnerables hacia los que existen obligaciones morales de cuidado y responsabilidad.
Existe un denominador común a todas las posiciones animalistas que consiste en la exigencia de conceder también a los animales consideración moral. Algo que Cortina niega, pues, según ella defiende en su libro, la noción de persona tiene relevancia moral porque reconocemos como persona a quien tiene las capacidades requeridas para la autoconciencia, para el mutuo reconocimiento de la dignidad, para actuar desde la libertad y para asumir su responsabilidad. La posibilidad de desarrollarse según las características de la persona sólo es posible desde la especie humana y en comunidades humanas. Lo cual no da derecho a las personas a tratar a los demás seres sin cuidado y responsabilidad, teniendo en cuenta que son valiosos y capaces de sentir.
No se puede explicar que los animales tengan la misma consideración moral. Dice Adela Cortina que hay tres criterios que permiten decidir qué seres son miembros de una comunidad moral: que tenga sentido justificar ante ellos una acción, porque puedan aceptarla o rechazarla; que sean capaces de reconocer la dignidad y vulnerabilidad de otros y la suya propia; y que precisen de esa comunidad para desarrollar todas sus potencialidades. Los únicos que han demostrado estas capacidades son los seres de la especie humana.
Explica la profesora Cortina que no es una obligación moral para la sociedad intentar que individuos no humanos puedan sentarse a la mesa, compartir conversaciones, entender que celebramos un cumpleaños y cualesquiera otras actividades sociales de la vida cotidiana. Y es la comunidad humana el medio de socialización de los seres humanos, y sólo en ella cabe la posibilidad de desarrollar esas capacidades.
Los animales no humanos, por su parte, forman sus propias comunidades, en las que desarrollan las capacidades que les son propias.
Evidentemente, esto tiene consecuencias para las comunidades políticas. Hay quien defiende que los animales deben formar parte de la comunidad política, porque son afectados por sus decisiones. Pero, vuelve a advertir A. Cortina, que hay que distinguir de nuevo entre los miembros de esa comunidad y los beneficiarios de sus decisiones, que no hay razones para identificar. “La gran metáfora de las comunidades políticas en el mundo occidental sigue siendo la del pacto”, por ello, los miembros de la comunidad política han de ser agentes inteligentes, tener creencias, deseos, la capacidad de concebir planes a largo plazo, la idea de obrar conforme a una norma general y la idea de cómo sería la convivencia si todos actuáramos según esa norma.
Ahora bien, tienen derechos aquellos seres a los que la comunidad política se los reconoce o se los concede. Por eso, existe una gran cantidad de legislación vigente que obliga a tratar a los animales de una forma determinada. Pero la existencia de leyes y decretos que garantizan el respeto a los animales, no significa que éstos tengan unos derechos con anterioridad a la creación de la comunidad ni que sean reconocidos como miembros activos de la comunidad política.
Resumiendo, pues, se puede decir que los seres humanos, los animales y la naturaleza merecen consideración moral, aunque de distinto rango. Adela Cortina define “consideración moral” por el hecho de que no se les puede dañar impunemente, si no hay razones poderosas para hacerlo. Pero eso no significa que esos seres – a excepción de los humanos – formen parte de la comunidad moral y de la comunidad política.
La conclusión que presenta la catedrática Cortina es optar por un término medio, “no sólo por motivos de prudencia, nunca despreciables, sino sobre todo porque ésta es la respuesta que parece más razonable”. La vida es valiosa por sí misma, tanto en la naturaleza como en los animales, no tiene únicamente un valor instrumental. Por tanto, hay una obligación directa de no dañar a esos seres, porque lo que es valioso en sí no debe ser dañado. Ahora bien, la idea de dignidad es distinta. No se puede reclamar los mismos derechos que los que pertenecen a los seres humanos. No cabe hablar de dignidad sino en el caso de los seres humanos, puesto que son las personas los seres dotados de competencia comunicativa: son los interlocutores válidos que se reconocen mutuamente, con capacidad de sentir y capacidad de formarse un juicio justo a través de la adquisición de las virtudes. Hablar de derechos de los animales anteriores al pacto político carece de base. Carece de fundamento racional.
Más vale reconocer que los animales son valiosos, que es un deber no dañar a los seres con capacidad de sufrir y proponer normativas legales, pero no se debe ni se puede confundir con los “derechos humanos” basados en un pacto por la justicia y el bienestar nacido en el seno de una comunidad política. Como bien señala Cortina, “no hay igualdad entre el hombre y la mosca, como no la hay entre el virus y el orangután”. Hay que aprender a priorizar que es la exigencia primera para cualquier sociedad que quiera ser justa: lo primero es lo primero. Los mejores recursos deben emplearse para las mejores causas.
La primera prioridad, sin ninguna duda ni confusión ética, es “el trabajo por el desarrollo de las personas y los pueblos como cuestión ineludible de justicia”.
Adela Cortina se ha ganado, con merecido respeto, ser la primera mujer que forma parte de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Y se ha ganado el respeto y la autoridad moral de señalar el camino certero para conseguir una sociedad cada día más justa.