Coinciden los datos sobre el alarmante aumento de la percepción social sobre la corrupción en España (hemos sido el segundo país que más puntos ha perdido en transparencia después de Siria), con la celebración del Día de la Constitución Española, que no ha levantado ningún interés entre los españoles sino más bien al contrario: los ciudadanos se sienten desolados y desamparados, con un alto rechazo hacia la política.
Esa es, lamentablemente, la marca España a la que el PP tanto está contribuyendo, no sólo con la gestión en el gobierno, sino con la gestión en su propio partido.
Ayer mismo, las noticias de un informativo cualquiera eran las siguientes: las extrañas facturas falsas de la Infanta y el caso Noos, Jaume Matas, la manipulación y cierre de RTVV, el caso Gürtel y Camps, Miguel Blesa y los asesoramientos “militares” de Aznar, el juicio a Díaz Ferrán, la UGT de Andalucía, y la destitución de la inspectora de Hacienda que puso una multa de más de 400 millones a Cemex y que “generosamente” se le rebajó a 15 (¿Cuánto ha tenido que defraudar esta empresa para una multa de tal cuantía?)
Dice el portavoz del PP que no hay más corrupción, sino que simplemente “se ve” la que había, y para arreglarlo el Ministro Gallardón afirma que hay que estar muy preocupados por esta falta de sintonía de la ciudadanía con los políticos.
Pero la principal causa de esa gran desconfianza no reside en la corrupción en sí misma, sino en las medidas que se toman como consecuencia. Lo que la ciudadanía observa es que no hay voluntad de atajarla, sino de encubrirla y que, perfectamente, volverá a suceder en cuanto nos recuperemos de esta situación (si es que nos recuperamos). Porque mientras se perdonan millones de euros de multas a las grandes empresas, se persigue hasta la extenuación a los trabajadores; mientras se condonan los préstamos a los bancos, se rebajan los salarios hasta un ¡40%!; y vemos a un gobierno mucho más preocupado en crear leyes represivas y coercitivas contra los ciudadanos que protesten que en intentar solucionar los numerosos problemas que están generan la pobreza, la desigualdad social y la angustia vital.
La corrupción que ahora descubrimos ha anidado en una sociedad débil y falta de moral, pero seguirá impregnada si no se toman las medidas necesarias para atajarla y castigar su reincidencia. ¿Acaso es eso lo que el PP está haciendo como partido o como gobierno? ¿Quién ha dimitido por el caso Bárcenas, por ejemplo? ¿Y por toda la corrupción que está aflorando en la Comunidad Valenciana?
Los ciudadanos que cumplen sencillamente con su deber se están convirtiendo en héroes. Es el caso del famoso “Paco Telefunken” que se negó a desconectar la RTVV o el de la inspectora de Hacienda destituida por no ceder a las presiones políticas. Es gente honesta, profesional, coherente. Como debería ser la sociedad y sobre todo los políticos. Pero se han convertido en iconos de unos valores ausentes en el propio Gobierno.
Damos vueltas a la necesidad de abordar todo lo que haga falta con tal de limpiar el sistema: cambiar la Constitución, un código ético para políticos, la ley de transparencia y un largo etcétera que quedará en papel mojado si no hay voluntad real de propósito de enmienda.
A lo mejor, los mandamientos que hay que volver a practicar (y que están completamente oxidados) son tan sencillos como: – No robar; – Asumir las responsabilidades (incluso dimitir) cuando a uno le han pillado con las manos en la masa; – No intentar entonces ni mentir ni manipular la realidad; y gobernar para el pueblo y no al servicio del poder económico.
A quien le parezca que esto es obvio, que piense cuál es el comportamiento actual de los implicados en casos de corrupción y sus cómplices por colaboración u ocultación.